De la serie: «Pequeños bocaditos»
Veo poca tele. Porque no me gusta, por supuesto. Pero, sobre todo, porque ni en vacaciones tengo mucho tiempo que dedicarle. Con media docena de libros aún pendientes de leer, a la tele le queda poco lugar por más que mi actividad en la bitácora haya bajado algo (o bastante, según se mire). Pero algo veo. Aunque no me creo nada -pero nada-nada ¿eh?- suelo ver los telediarios mientras cenamos; ninguno en particular: el que cae primero sin hablar de deportes. Y, como todo el mundo sabe, desde hace unos años, los telediarios sufren interrupciones publicitarias (¡qué apropiado, lo de sufrir..!).
Por este lado me estoy dando cuenta de que la entidad que más a saco nos saca la pasta a los catalanes -y a un buen mordisco de entre el resto de españoles-, o sea, la Caixa, anda haciendo muy insistentemente publicidad de su obra social. Qué buenas son las hermanas dominicas, qué buenas son que nos llevan de paseo, qué buenas son que nos llevan de excursión. Chin pon.
Cuando la santa ira de las Españas irredentas se cebó contra los catalanes por la OPA de Gas Natural (por cierto, de la Caixa) a ENDESA y después por la coña marinera del estatut este que ha aprobado el setenta por ciento de la mitad de los catalanes, se habló de boicots. Se habló, faltaría más, es recurrente, de boicot al cava, pero se habló también de boicot a la Caixa. Como no hubo noticias al respecto -los medios de comunicación independientes mudos, muditos, los tíos- se desataron los rumores, de acuerdo con los cuales la gente de fuera de Cataluña estaría cancelando sus cuentas de la Caixa prácticamente en masa, para gozo y gloria de otras entidades como, por principal ejemplo, y siempre según los rumores, de Caja Madrid.
La publicidad esta caritativa y social me hace oler que el problema ha llegado a Cataluña, donde la antipatía hacia la Caixa es creciente entre la ciudadanía (basta con escuchar conversaciones en cualquier parte: el bar, el autobús...) y, además, está perdiendo competitividad a marchas forzadas. Ya le fracasó hace unos pocos años el proyecto de tarjeta monedero y fracasó porque los comerciantes respondieron que esta ya se la habían hecho y que ya estaban hartos de que todo el comercio de Cataluña tuviera a la Caixa por socio forzoso a más o menos el cinco por ciento de media con la coña de las tarjetas de crédito. Es mucho -sobre todo para los pequeños comerciantes, que poco pueden negociar- que se les lleven un tres o un cinco por ciento de la facturación, quizá más (las casas de putas se dice que van al quince).
La bulimia recaudatoria de la Caixa ha hecho carne viva en toda la ciudadanía cliente (que es muchísima) y es ya proverbial la brutalidad de sus comisiones y honorarios. Tanto es así que cuando un ciudadano poco al loro de los temas internáuticos me pregunta qué es la $GAE y no tengo tiempo para grandes explicaciones, le contesto que es algo así como la Caixa, pero con la música. Mi interlocutor comprende la situación en una fracción de segundo.
Pero es que, además, la Caixa ya va siendo desde hace un tiempo poco competitiva: sus hipotecas están entre las más caras del mercado, sus planes y fondos dan pena (yo me dejé enredar en uno que en diez años me ha dado un interés acumulado inferior al 1,8%), propina unos garrotazos acojonantes por las tarjetas y sus comisiones de gestión son de tente y no te menees. Un ejemplo propio y muy reciente: en la única cuenta que aún tenemos en casa -la de la hipoteca: no nos sale a cuenta ya novarla en otra entidad- ordené la devolución de un recibo de una entidad cuyo domicilio es para mí desconocido -no puedo, pues, darme de baja de esa entidad en condiciones razonablemente normales- y di de baja la domiciliación misma. Ojo: a través de Internet. Pues bien: 3 euros por la devolución del recibo y 1,5 euros por la baja de la domiciliación... ¡que hice yo! Vale: la devolución del recibo genera unos gastos (no sé si tanto como de 3 euros, pero bueno, vale, admitámoslos); pero... ¿qué coño de gastos genera la baja de una domiciliación que, encima, hice yo? Por supuesto, reclamaré ese puto euro y medio y, por supuesto, me lo cobraré decuplicado en todo caso en carne de empleado -que se preparen en la agencia de al lado de mi trabajo, porque voy a dedicar los desayunos de todo septiembre a pedir extractos y todo lo que se me ocurra-.
Claro, si así se va ganando las simpatías de la parroquia, no me extraña que la gráfica de las cuentas vaya hacia abajo. Además, todos los catalanes nos acordamos mucho -y mal, claro- de la Caixa dichosa cada vez que pagamos uno de los odiosos y odiados peajes de autopista, sabiendo que tan justa y benéfica entidad moja pan en el asunto y, por si fuera poco, las muy ventajosas condiciones de las cuentas en bancos virtuales (ING Direct, Open Bank, etc...).
Así que bueno, que vale, que sí: obra social a tutiplén. La gracia que nos hace tanta obra social a los catalanes -a todos- enganchados de un modo u otro en la telaraña perversa de la entidad.
Gracia retrechera que experimentamos con cada recibo.
Que no hombre que no, que te equivocas con la Caixa, ellos roban a los ricos - los que tienen coche, o agua corriente en casa, o una propiedad hipotecada, o son catalanes, o... - para dárselo a los pobres. De hecho la Caixa es un Robin Hood a lo moderno, un héroe en forma de conglomerado financiero...
ResponderEliminarY además fíjate que buenos que son, deciden por ti como se va repartir ese dinero entre los pobrecitos.
Es que no sabéis ver las cosas :)