De la serie: «Correo ordinario»
Via la lista de correo de administración pública de Softcatalà llego al enlace de Vilaweb (en catalán) en que se da la noticia del cese de Oriol Ferran anunciado por el mismo interesado y que será hecho público, junto con el nombre de su sustituto, por el Consell executiu (el gobierno de la Generalitat) el próximo martes.
Oriol Ferran, como saben mis sufridos y pacientes cinco o seis lectores habituales, ha sido hasta ahora -vaya, hasta el próximo martes- el titular de la Secretaria de Telecomunicacions i Societat de la Informació del Departament d'Universitats i Societat de la Informació, cargo que ha ocupado durante los últimos dos años y un cuatrimestre.
Periodista, de cuarenta y dos años (actuales), la llegada de Oriol a la STSI procedente del mundo político local desde Arenys de Mar, importante población de la barcelonesa comarca del Maresme, fue un tanto conflictiva, ya que provocó un enfrentamiento entre el PSC, que rechazaba a Oriol para el cargo, y ERC empeñado en designarlo para la Secretaria (pese a que Ferran siempre ha sido considerado como de la órbita de Iniciativa). Hombre comprometido muy a fondo con el software libre, debió parecerle un tanto extremista a esa izquierda fucsia constituida por la sociatada a cuya beautiful le gusta tanto cenar con gente importante como la Rosa de España o el hombre del talonario, Steve Ballmer, el pintoresco CEO de Micro$oft. Integrado en el ámbito Softcatalà (un grupo asociativo que predica -y da un trigo muy eficaz- la presencia del idioma catalán en el software, libre o no), la candidatura de Ferran se vio apoyada por un pliego de firmas llenito de importantes nombres de la red catalana, tanto de sector asociativo como empresarial.
Con la perspectiva que da el tiempo, acabaremos sabiendo si la confirmación final de Oriol en el cargo fue un fenómeno más del entonces inédito pormiscojonismo de ERC o de una transacción de esta agrupación política comprometiéndose a ponerle freno a la política previsible del nuevo gestor público de la sociedad catalana de la información. A fecha de hoy y mirando a los hechos pasados -y, sobre todo, a los no pasados, yo apostaría por una combinación de ambas circunstancias, pero puedo equivocarme,claro.
El ascenso de Ferran al Olimpo del ejecutivo catalán provocó en el gremio del software libre y de la internáutica oleadas de optimista esperanza. Con varios frentes abiertos y muy negros todos nosotros con la corrupción y la necedad convergente en la materia, quemadísimos con la hostilidad no sólo no disimulada sino claramente declarada por parte de la derecha nacionalista, el que Oriol Ferran estuviera ahí no es solamente que fuera una esperanza intrínseca (¡uno de los nuestros!) sino que, además, se tomó como un signo de la actitud global del Tripartit que había pactado cosillas interesantes en nuestro ámbito dentro del acuerdo fundacional que supuso el Pacto del Tinell.
La alegría duró poco. Seis meses después, publiqué un artículo en la página de la Asociación de Internautas, un artículo sarcástico y muy duro que fue muy difundido por la red, quizá porque me sonó la flauta por casualidad y acerté a tocar las teclas exactas de lo que estaba pensando todo el mundo en ese momento. Pero que no dejaba de ser una percepción correcta: se llevaba seis meses de nuevo gobierno y en materia TIC no se había hecho nada, no se avanzaba y, además, había indicios alarmantes: no se movía una brizna en el ominoso tinglado CAT365, medio Departament d'Educació de hacía la gran foto con la Rosa de España, y a las administraciones públicas no llegaba el menor efluvio de software libre... al menos, que procediera de la Generalitat.
En los primeros días del otoño siguiente, la STSI convocó la I Jornada del Software Lliure que reunió -como espectadora- a mucha gente del ambiente y en la que hubo varios ponentes. El acto no estuvo exento de interés y de alguna que otra anécdota, pero su parte más importante fue sin duda la exposición de las largas listas de proyectos e intenciones expuestas por Oriol y por el conseller (ahora ya ex-conseller) Carles Solà, exposición que fue, seguramente, la verdadera finalidad del asunto.
Sin embargo, esa larga lista de aspiraciones y proyectos -que puede verse en este último enlace- adolecía de un importante inconveniente: la falta de concreción. Decía el qué (y era un qué muy satisfactorio y muy plausible, en general) pero no decía cómo, ni cuándo, ni de qué manera.
Uno de los casos más claros de esa vaguedad y de la subsiguiente mediocridad (o redondo fracaso) en los resultados ha sido la famosa implantación del software libre en las administraciones públicas.
Se empezó mal, queriendo dar un revolcón en los terminales y empezando directamente por un escritorio Linux; algunos -no sé si muchos o pocos- dijimos que no hacía falta pretender tanto en una primera fase, que bastaría con adoptar, bajo el dichoso Window$, software libre en el navegador y en el gestor de correo (Mozilla, lo que hoy es Firefox y Thunderbird) y el paquete ofimático OpenOffice.org, programas todos ellos que hubieran podido llevar a todo el conjunto de la administración de la Generalitat a una migración suave, dulce y poco costosa, tras la cual hubiera podido pasarse a una fase siguiente que afectara a los escritorios Linux en los que los empleados públicos trabajaríamos con los mismos instrumentos ofimáticos y telemáticos y, por tanto, con idéntico manejo. Hubiera sido una migración ya algo más dura pero, gracias a la experiencia adquirida en los programas básicos, no hubiera detenido el día a día.
En vez de esto, se tomó la migración de la Universitat de Lleida a software libre en todos sus sistemas como una experiencia piloto para toda la administración, unida a otra experiencia piloto en la minúscula estructura administrativa de la propia STSI. En la II Jornada de Software Lliure, que se celebró este pasado invierno, la UdL nos explicó el éxito de su migración, del que me alegro muchísimo -y no digo esto como una simple fórmula- pero en el que, a los datos vistos allí, no pude comprender -tampoco soy profesional de la informática, claro, aunque sí de la administración- cómo podía transferirse aquello a la enorme, extendida (a veces, hasta desparramada) y en algunos casos también atomizada maquinaria burocrática de la Generalitat de Catalunya. Y la pequeña estructura administrativa de la STSI no puede decir absolutamente nada a la hora de ser extrapolada a macrodepartamentos como Política Territorial i Obres Públiques (que tiene direcciones generales que, por sí solas, gestionan más presupuesto y tienen más personal que algunos Departamentos) o a organizaciones dendríticas como el Departament de Presidència.
Y hasta hoy.
En el saldo positivo, un Plan director de infraestructuras de telecomunicación que tiene buena pinta pero en el que están por ver -parece crónico, esto- los planes de detalle, los propiamente ejecutivos. Con los planes directores se pueden hacer mangas y capirotes.
En lo demás, la STSI se ha dedicado a celebrar acontecimientos (encuentros, jornadas, certámenes, etc.) de mayor o menor interés pero muy con el aire festa cívica tan propio de la política municipal catalana.
Se va Oriol sin pena ni gloria. Es muy posible que las causas de esa gestión insulsa sean ajenas a la voluntad de Oriol (de ahí lo que decía antes de la transacción de ERC ante la sociatada), ya nos lo explicará él mismo algún día (supongo y espero), pero hoy por hoy no puede hablarse de otra manera.
Es una pena porque, en cierto modo, es una oportunidad perdida y un abono a la dialéctica barata de los políticos: cuando (¡por fin!) estuvo en el poder uno de los nuestros, el resultado fue totalmente anodino. Porque la biografía de Oriol Ferran al frente de la STSI no es la de un desempeño brillante ni tampoco puede en absoluto decirse que ha sido abominable.
Es, simplemente, la historia de una decepción.
jueves, 27 de abril de 2006
ONGs, estatuts y fotuts
De la serie: «Los jueves, paella»
Llevo ya meses cruzándome por las anchas aceras de bulevares y avenidas con grupos de mozalbetes (generalmente tres, aunque ocasionalmente pueden ser más) que, ataviados con una especie de chaleco o jubón con el logotipo de conocidas ONG, cubren como jugadores de baloncesto el paso de los peatones a los que incitan a hacerse socios de la ONG correspondiente. Me sorprenden los modos, siendo ONG's que parecería que han de ser ajenas a esta estética. Que recuerde con seguridad -he visto más, pero no me atrevo a dar nombres sin tenerlo claro- he visto chalecos de Médicos sin Fronteras y de ACNUR (éstos últimos, hoy mismo, en pleno Paseo de Gràcia).
Se me ocurren varias posibilidades. Una, que sea un timo dedicado a la recaudación de dinero o de direcciones postales o electrónicas aptas para ser vendidas como destinatarios de correo no deseado, que también es una actividad lucrativa (e ilegal). En este caso, cabe urgir a la autoridad municipal para que utilice la probada eficiencia de los uniformados persecutores de putas y repartidores de denuncias para reprimir esa fraudulenta actividad que se agrava por el abuso adicional de utilizar siglas de prestigio para sus fines. Y también cabe urgir a los representantes de las organizaciones afectadas para que desmientan de forma pública y notoria su relación con la actividad en cuestión y la denuncien como es debido.
La otra posibilidad es que no haya tal timo y que ciertas ONG (las dos citadas, pero ya digo que hay varias más que no cito) se dediquen a subcontratar su caza de socios a empresas comisionistas que se dedicaran a reventar por tres pesetas y un contrato de asco, puro mcjob, a esos chicos. Porque me cuesta creer -viendo lo extendido de la práctica y sus horarios- que estos chavales lo hagan en régimen de voluntariado.
Tengo muy claro que ninguna ONG -ni otra cosa igual o distinta- me captará como socio por este procedimiento basura; es más, como pille a alguna de las que soy socio haciéndolo, puede contar con mi baja inmediata y fulminante.
Eso no son maneras de desarrollar un proyecto ni de buscar medios. Y menos aún, subcontratando servicios-buitre. Intolerable para ciertas entidades.
Un día habrá que hablar muy claro de las ONG y de lo que esconden algunas de ellas.
____________________
La temible sombra de la censura nos amenaza, según nos dicen los medios que tienen el morro de ir de izquierdosos por la vida. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? Pues resulta que la Iglesia ha hecho retirar la publicidad del libro ese (que es malísimo, por cierto), «El Código Da Vinci», de una fachada romana. ¡Voto a bríos! ¡La Inquisición cabalga de nuevo!
Pues no: la fachada de la que ha sido retirada la publicidad es la de una iglesia católica en restauración. Hombre, una cosa es la censura y otra cosa es lo que en Cataluña denominamos cornut i pagar el beure; la Iglesia se ha opuesto sistemáticamente al contenido de este libro y recuerdo que incluso llegó a recomendar a los creyentes que no lo leyeran; cosa que es una gran tontería, pero eso es lo que hubo. Así las cosas, no parece coherente que la Iglesia permita en lo que, en definitiva, es su casa (a efectos civiles, lo de la casa de Dios es irrelevante) una publicidad tan frontalmente opuesta. Sería un escarnio que se la obligara a ello, vaya.
Tampoco yo hubiera permitido, cuando se arregló la fachada de mi casa, que se hiciera desde ella propaganda de Micro$oft. Aunque dudo de que la publicidad en las fachadas que se rehabilitan redunde en un mejor precio para el vecindario y creo más bien que en lo que redunda realmente es en un mayor beneficio para el contratista, no soy frontalmente opuesto a ella; después de todo, hay publicidad muy buena y siempre es más estética que el cortinón verde con que se recubre la obra. Pero no me voy a poner el gorro frigio, y menos en mi propia casa. Y mucho menos aún pagando yo mi parte alícuota.
Pero aquí parece que se salta de la lapidación de adúlteras (no hace aún treinta años que el adulterio se despenalizó) a la pretensión de que todo el mundo tolere tan campante la puesta de su legítima a pública disposición.
____________________
Ni contigo ni sin ti puedo seguir viviendo: contigo porque me matas y sin ti porque me muero. Esta es la coplilla más cantada en ERC cuando se habla del estatut este que han pergeñado. Yo, como soy así de radical, prefiero expresarlo diciendo que se han pillado los cojones con la tapa del piano, lo que, como dice la vieja canción de autocar de quintos, es un dolor inhumano.
Ahora están deshojando no una sino dos o tres margaritas, con respecto a su actitud ante el próximo referéndum. Porque, claro, no quieren cepillarse el estatut (compartirían, les guste o no, el fracaso) pero tampopco quieren mojarse por él. Nadar y guardar la ropa.
Pero, claro, esto no siempre es posible. Unos seguidores que presionan para que se le dé la patada en el trasero al engendro; un electorado que no va tan lejos (y del cual ya hay una importante merma a base de burradas coronadas de espinas y de escritos pidiendo comisión, y no de servicios, precisamente, entre otras muchas) y un ansia de poder que precisa del mantenmiento del tripartito ad libitum.
Propugnar un no taxativo no les es posible; de la abstención nunca se obtiene rédito político porque es de difícil atribución; el voto en blanco equivale a un «no» y computa a los efectos del «sí» mayoritario que exige la ley; el voto nulo no tendría nunca un seguimiento masivo. En todo caso, las bases reclaman acción y churrasco.
No veas qué pena me dan...
Lo que sí es penoso es que, vaya como vaya la cosa, es seguro que este estatut nacerá capado y sin el necesario y suficiente apoyo social (legalidad aparte), como el que tuvo el anterior (y aún así, del anterior se dijo -y se pudo decir- que amplias capas sociales se habían inhibido de él). Triste historia la que le espera a este, pase lo que pase.
Eso es lo que sucede cuando se sigue la teoría (como en la Ley de Propiedad Intelectual) de que lo que no gusta a nadie es, por definición, bueno. Esa es una perversión del nunca llueve a gusto de todos. Cuando algo no gusta a nadie es que no gusta a nadie y entonces es, por definición, malo.
Por este estatut, como por la LPI, alguien va a pagar un precio muy caro. Lo malo es que los que pagaremos seremos los de siempre: todos.
Menos ellos.
____________________
Los telediarios de Tele 5 no eran ninguna virguería de calidad, nunca lo han sido. Pero, tradicionalmente, siempre eran bastante... ¿cómo decirlo?... independientes. Hasta donde cabe serlo, claro. Por ejemplo, no eran nada independientes con los fenómenos altermundistas que desde que le dieron al amo Berluscoño el disgusto de Génova, la cadena amiga les entró a saco sectario; o, por otro ejemplo, cuando, recientemente, dieron tantas muestras de sometimiento a la $GAE con la causa esa de los doce meses que fue un error pero que no y sí.
Pero desde que ha entrado el Piqueras en el asunto, eso empieza a dar asquito. La información que dieron anteayer sobre la monada sociata fue vomitiva, echando descarada e indisimuladamente abundante incienso a favor de la iniciativa y poniendo como único contrapunto una frasecilla descontextuada del arzobispo de Pamplona (evitaron cuidadosamente mencionar siquiera que desde Amnistía Internacional España se había criticado igual de duramente la monería en cuestión).
Últimamente estamos ahorrando en casa bastante electricidad gracias al televisor. Los únicos telediarios cualitativamente potables son los de TV3, pero, también tradicionalmente, barren hacia el poder que se las pelan. Los demás, son igual de sectarios y, además, malos.
A conversar toda la familia.
____________________
Y así termina el último arroz de abril. El próximo lunes es 1 de mayo y muy probablemente -si el asco no me induce al vómito sistemático y compulsivo- hablaré de las gloriosas hazañas de esos sindicatos que llevan años empeñados en dejar a los políticos -en comparación- como unos aficionados de tercera regional.
Disfrutad de este largo fin de semana que, aunque nos pille con la Semana Santa aún cercana y tengamos las baterías con buen nivel de carga, nunca está de más el asueto. Además, esta es la única época del año en que la temperatura satisface a casi todo el mundo, frioleros y calurosos, con lo que se puede disfruutar de la naturaleza montañera o marina muy a gusto.
Por cierto: estaremos ya en pleno período fiscal. A mí me pone de muy mala leche: no porque tenga que pagar (soy un pobre asalariado puteado por una hipoteca, aunque no sea tan bestia como las de ahora, y siempre me devuelven algo) sino porque para hacer la puta declaración, la Agencia Tributaria me obliga contra todo derecho y contra toda razón a usar una mierda de Window$ porque no se dignan programar en java una aplicación PADRE eficiente bajo Linux.
Eso sí, de los impuestos no me perdonan una peseta pese a su asqueroso servicio de ciudadano de tercera.
Llevo ya meses cruzándome por las anchas aceras de bulevares y avenidas con grupos de mozalbetes (generalmente tres, aunque ocasionalmente pueden ser más) que, ataviados con una especie de chaleco o jubón con el logotipo de conocidas ONG, cubren como jugadores de baloncesto el paso de los peatones a los que incitan a hacerse socios de la ONG correspondiente. Me sorprenden los modos, siendo ONG's que parecería que han de ser ajenas a esta estética. Que recuerde con seguridad -he visto más, pero no me atrevo a dar nombres sin tenerlo claro- he visto chalecos de Médicos sin Fronteras y de ACNUR (éstos últimos, hoy mismo, en pleno Paseo de Gràcia).
Se me ocurren varias posibilidades. Una, que sea un timo dedicado a la recaudación de dinero o de direcciones postales o electrónicas aptas para ser vendidas como destinatarios de correo no deseado, que también es una actividad lucrativa (e ilegal). En este caso, cabe urgir a la autoridad municipal para que utilice la probada eficiencia de los uniformados persecutores de putas y repartidores de denuncias para reprimir esa fraudulenta actividad que se agrava por el abuso adicional de utilizar siglas de prestigio para sus fines. Y también cabe urgir a los representantes de las organizaciones afectadas para que desmientan de forma pública y notoria su relación con la actividad en cuestión y la denuncien como es debido.
La otra posibilidad es que no haya tal timo y que ciertas ONG (las dos citadas, pero ya digo que hay varias más que no cito) se dediquen a subcontratar su caza de socios a empresas comisionistas que se dedicaran a reventar por tres pesetas y un contrato de asco, puro mcjob, a esos chicos. Porque me cuesta creer -viendo lo extendido de la práctica y sus horarios- que estos chavales lo hagan en régimen de voluntariado.
Tengo muy claro que ninguna ONG -ni otra cosa igual o distinta- me captará como socio por este procedimiento basura; es más, como pille a alguna de las que soy socio haciéndolo, puede contar con mi baja inmediata y fulminante.
Eso no son maneras de desarrollar un proyecto ni de buscar medios. Y menos aún, subcontratando servicios-buitre. Intolerable para ciertas entidades.
Un día habrá que hablar muy claro de las ONG y de lo que esconden algunas de ellas.
La temible sombra de la censura nos amenaza, según nos dicen los medios que tienen el morro de ir de izquierdosos por la vida. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? Pues resulta que la Iglesia ha hecho retirar la publicidad del libro ese (que es malísimo, por cierto), «El Código Da Vinci», de una fachada romana. ¡Voto a bríos! ¡La Inquisición cabalga de nuevo!
Pues no: la fachada de la que ha sido retirada la publicidad es la de una iglesia católica en restauración. Hombre, una cosa es la censura y otra cosa es lo que en Cataluña denominamos cornut i pagar el beure; la Iglesia se ha opuesto sistemáticamente al contenido de este libro y recuerdo que incluso llegó a recomendar a los creyentes que no lo leyeran; cosa que es una gran tontería, pero eso es lo que hubo. Así las cosas, no parece coherente que la Iglesia permita en lo que, en definitiva, es su casa (a efectos civiles, lo de la casa de Dios es irrelevante) una publicidad tan frontalmente opuesta. Sería un escarnio que se la obligara a ello, vaya.
Tampoco yo hubiera permitido, cuando se arregló la fachada de mi casa, que se hiciera desde ella propaganda de Micro$oft. Aunque dudo de que la publicidad en las fachadas que se rehabilitan redunde en un mejor precio para el vecindario y creo más bien que en lo que redunda realmente es en un mayor beneficio para el contratista, no soy frontalmente opuesto a ella; después de todo, hay publicidad muy buena y siempre es más estética que el cortinón verde con que se recubre la obra. Pero no me voy a poner el gorro frigio, y menos en mi propia casa. Y mucho menos aún pagando yo mi parte alícuota.
Pero aquí parece que se salta de la lapidación de adúlteras (no hace aún treinta años que el adulterio se despenalizó) a la pretensión de que todo el mundo tolere tan campante la puesta de su legítima a pública disposición.
Ni contigo ni sin ti puedo seguir viviendo: contigo porque me matas y sin ti porque me muero. Esta es la coplilla más cantada en ERC cuando se habla del estatut este que han pergeñado. Yo, como soy así de radical, prefiero expresarlo diciendo que se han pillado los cojones con la tapa del piano, lo que, como dice la vieja canción de autocar de quintos, es un dolor inhumano.
Ahora están deshojando no una sino dos o tres margaritas, con respecto a su actitud ante el próximo referéndum. Porque, claro, no quieren cepillarse el estatut (compartirían, les guste o no, el fracaso) pero tampopco quieren mojarse por él. Nadar y guardar la ropa.
Pero, claro, esto no siempre es posible. Unos seguidores que presionan para que se le dé la patada en el trasero al engendro; un electorado que no va tan lejos (y del cual ya hay una importante merma a base de burradas coronadas de espinas y de escritos pidiendo comisión, y no de servicios, precisamente, entre otras muchas) y un ansia de poder que precisa del mantenmiento del tripartito ad libitum.
Propugnar un no taxativo no les es posible; de la abstención nunca se obtiene rédito político porque es de difícil atribución; el voto en blanco equivale a un «no» y computa a los efectos del «sí» mayoritario que exige la ley; el voto nulo no tendría nunca un seguimiento masivo. En todo caso, las bases reclaman acción y churrasco.
No veas qué pena me dan...
Lo que sí es penoso es que, vaya como vaya la cosa, es seguro que este estatut nacerá capado y sin el necesario y suficiente apoyo social (legalidad aparte), como el que tuvo el anterior (y aún así, del anterior se dijo -y se pudo decir- que amplias capas sociales se habían inhibido de él). Triste historia la que le espera a este, pase lo que pase.
Eso es lo que sucede cuando se sigue la teoría (como en la Ley de Propiedad Intelectual) de que lo que no gusta a nadie es, por definición, bueno. Esa es una perversión del nunca llueve a gusto de todos. Cuando algo no gusta a nadie es que no gusta a nadie y entonces es, por definición, malo.
Por este estatut, como por la LPI, alguien va a pagar un precio muy caro. Lo malo es que los que pagaremos seremos los de siempre: todos.
Menos ellos.
Los telediarios de Tele 5 no eran ninguna virguería de calidad, nunca lo han sido. Pero, tradicionalmente, siempre eran bastante... ¿cómo decirlo?... independientes. Hasta donde cabe serlo, claro. Por ejemplo, no eran nada independientes con los fenómenos altermundistas que desde que le dieron al amo Berluscoño el disgusto de Génova, la cadena amiga les entró a saco sectario; o, por otro ejemplo, cuando, recientemente, dieron tantas muestras de sometimiento a la $GAE con la causa esa de los doce meses que fue un error pero que no y sí.
Pero desde que ha entrado el Piqueras en el asunto, eso empieza a dar asquito. La información que dieron anteayer sobre la monada sociata fue vomitiva, echando descarada e indisimuladamente abundante incienso a favor de la iniciativa y poniendo como único contrapunto una frasecilla descontextuada del arzobispo de Pamplona (evitaron cuidadosamente mencionar siquiera que desde Amnistía Internacional España se había criticado igual de duramente la monería en cuestión).
Últimamente estamos ahorrando en casa bastante electricidad gracias al televisor. Los únicos telediarios cualitativamente potables son los de TV3, pero, también tradicionalmente, barren hacia el poder que se las pelan. Los demás, son igual de sectarios y, además, malos.
A conversar toda la familia.
Y así termina el último arroz de abril. El próximo lunes es 1 de mayo y muy probablemente -si el asco no me induce al vómito sistemático y compulsivo- hablaré de las gloriosas hazañas de esos sindicatos que llevan años empeñados en dejar a los políticos -en comparación- como unos aficionados de tercera regional.
Disfrutad de este largo fin de semana que, aunque nos pille con la Semana Santa aún cercana y tengamos las baterías con buen nivel de carga, nunca está de más el asueto. Además, esta es la única época del año en que la temperatura satisface a casi todo el mundo, frioleros y calurosos, con lo que se puede disfruutar de la naturaleza montañera o marina muy a gusto.
Por cierto: estaremos ya en pleno período fiscal. A mí me pone de muy mala leche: no porque tenga que pagar (soy un pobre asalariado puteado por una hipoteca, aunque no sea tan bestia como las de ahora, y siempre me devuelven algo) sino porque para hacer la puta declaración, la Agencia Tributaria me obliga contra todo derecho y contra toda razón a usar una mierda de Window$ porque no se dignan programar en java una aplicación PADRE eficiente bajo Linux.
Eso sí, de los impuestos no me perdonan una peseta pese a su asqueroso servicio de ciudadano de tercera.
miércoles, 26 de abril de 2006
Ahora, los libros
De la serie: «Correo ordinario»
Aprovechando la Diada de Sant Jordi, fiesta del libro en toda España y muy significativa en Catalunya (Sant Jordi es nuestro patrón), una tal asociación de escritores catalanes o de Catalunya o cosa parecida publicó un manifiesto en el que reclamaba el cumplimiento de la Directiva europea sobre propiedad intelectual que obliga a todos los Estados de la Unión, entre otras cosas, a imponer el canon por préstamos bibliotecarios.
Esta Directiva -que, obviamente pasó desapercibida para el gran público- ha sido sistemática y reiteradamente incumplida por varios gobiernos, entre ellos el español, que han visto este tema del canon por préstamo bibliotecario como un motivo de preocupación: primero porque, en lo económico, cualquier solución es mala, ya que, si se carga este canon al usuario, las protestas van a oirse hasta en el planeta Marte y si se satisface con cargo al presupuesto, además de las protestas -que también se oirán y muy airadas- el mordisco al Tesoro puede ser considerable, sin contar con que ello puede conllevar una constricción del movimiento, ahora parece que expansivo, de las bibliotecas locales y de barrio, entre otras; segundo porque, además de todos los ademases, cuenta con la frontal -yo diría feroz- oposición del colectivo bibliotecario que ve en la medida un freno brutal al acceso universal a la cultura y quizá un problema profesional por el frenazo aludido en la expansión bibliotecaria.
Quizá por eso, tanto Aznar, antes, como Zap I El Anodino, ahora, juegan a lo que en Catalunya llamamos la puta i la ramoneta y van sufriendo resignadamente las correcciones financieras -vulgo multas- que va imponiendo la Unión Europea mientras miran para otro lado.
Por lo demás, el manifiesto al que hago alusión inicialmente no es más que una proyección de la golfería y de la sinvergüencería que se extienden por el mundo de la cultura como un reguero de aceite, aunque, por otra parte, era inevitable: vistas las cifras de la $GAE con sus cánones infinitos, las sociedades intermediarias en materia librera -creo que la más caracterizada, si no la única, se llama C€DRO- atacan por ahí como una fuente enorme de ingresos de libre y arbitraria disposición. Parece que no tienen bastante con lo que nos clavan por las máquinas fotocopiadoras, por cada fotocopia, por los escáneres y por no sé cuántas cosas más (por cierto, que me resulta tristemente gracioso eso de pagar cánones por máquinas y por fotocopias y ver luego en las copisterías el letrero «No se fotocopian libros»; pero... ¿no era el canon para compensar por la copia privada?). Y lo peor es que, como pasa con la $GAE y pese a lo que diga la $GAE, toda esa recaudación no va a parar a los autores menos favorecidos por las potencias editoriales sino, al contrario, a la minoría que verdaderamente obtiene pingües ingresos por ventas. Y, por supuesto, a la camarilla correspondiente de la entidad intermediaria, compuesta generalmente por una docenita de fracasados que han encontrado ahí el chollo de su vida.
Era de temer: en cuanto empieza a correr la pela, todo el mundo toma nota del procedimiento. Veremos cuántos colectivos más van a pedir (y quizá obtener) el correspondiente canon con cualquier pretexto.
Nunca como hasta ahora era tan clara, tan patente y tan notoria la comercialización de la cultura y, en general, la mercantilización -previa apropiación indebida- de todo bien que tenga un valor por más que desde toda la vida haya sido de acceso libre para todos. Las patentes sobre elementos de la naturaleza son un ejemplo claro, pero en absoluto único (pendsemos, por más ejemplo, en el agua). Nos lo están quitando todo, están saqueando el procomún para vendérnoslo envuelto en colorines, nos están obligando, además, a comprarlo aunque no lo queramos y a pagarlo aunque no lo usemos; y si aprovechamos lo que es nuestro por libre, encima nos llaman ladrones y nos intentan meter en presidio.
Es verdad que, en parte (y quizá en mucha parte), nos merecemos esta situación. Los ciudadanos de a pie -y los españoles más que ningunos otros- tenemos las tragaderas grandes y el culo ancho; como, además, analizar es pensar y pensar cansa, basta con que el ladrón -el ladrón de verdad- nos la vaya metiendo poquito a poquito para que nosotros, pensando (es un decir) que si ya tragamos y callamos ayer por un centímetro no vamos a montar la bronca por otro. Y nos consolamos pensando (sigue siendo un decir) que, eso sí, la bronca la montaríamos si nos metieran un palmo de golpe. Y cuando nos queremos dar cuenta, nos abren el paraguas en medio de los esfínteres. Es a lo que lleva el dejarse endiñar la puntita nada más: que acaba entrando a fondo. ¡Ah! Y además, te ha de gustar o eres un pendejo electrónico.
Pero, de cualquier modo, esto no puede seguir así. Ya sé que lo hemos dicho muchos y que lo hemos dicho muchas veces pero, señores, hay que afrancesarse un poco. Yo no sé si será cuestión de andar a pedradas con los antidisturbios, de boicotear contenidos apropiativos, de echarse -pero decididamente- al copyleft o todo a la vez. Por más que los franceses digan que somos muy activos; sí, somos muy activos unos pocos, bien por libre (Cortell, Bravo...), bien asociados (AI, los ámbitos Internet de «Libertad Digital», «20 Minutos», etc...), pero, aunque tenemos el apoyo intelectual o moral de mucha más gente, nos movemos en un mar de menfoutisme masivo.
Lo peor es que no solamente nos estamos hundiendo nosotros sino que, además, estamos hipotecando (con una hipoteca de esas de ahora, monstruosas, enormes) el futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos. Dar un golpazo -cívico, pero golpazo- es una necesidad cada día más perentoria: hay que parar esto urgentemente porque a cada día que dejemos pasar será más difícil hacerlo.
Es cuestión de vida o muerte cultural.
Aprovechando la Diada de Sant Jordi, fiesta del libro en toda España y muy significativa en Catalunya (Sant Jordi es nuestro patrón), una tal asociación de escritores catalanes o de Catalunya o cosa parecida publicó un manifiesto en el que reclamaba el cumplimiento de la Directiva europea sobre propiedad intelectual que obliga a todos los Estados de la Unión, entre otras cosas, a imponer el canon por préstamos bibliotecarios.
Esta Directiva -que, obviamente pasó desapercibida para el gran público- ha sido sistemática y reiteradamente incumplida por varios gobiernos, entre ellos el español, que han visto este tema del canon por préstamo bibliotecario como un motivo de preocupación: primero porque, en lo económico, cualquier solución es mala, ya que, si se carga este canon al usuario, las protestas van a oirse hasta en el planeta Marte y si se satisface con cargo al presupuesto, además de las protestas -que también se oirán y muy airadas- el mordisco al Tesoro puede ser considerable, sin contar con que ello puede conllevar una constricción del movimiento, ahora parece que expansivo, de las bibliotecas locales y de barrio, entre otras; segundo porque, además de todos los ademases, cuenta con la frontal -yo diría feroz- oposición del colectivo bibliotecario que ve en la medida un freno brutal al acceso universal a la cultura y quizá un problema profesional por el frenazo aludido en la expansión bibliotecaria.
Quizá por eso, tanto Aznar, antes, como Zap I El Anodino, ahora, juegan a lo que en Catalunya llamamos la puta i la ramoneta y van sufriendo resignadamente las correcciones financieras -vulgo multas- que va imponiendo la Unión Europea mientras miran para otro lado.
Por lo demás, el manifiesto al que hago alusión inicialmente no es más que una proyección de la golfería y de la sinvergüencería que se extienden por el mundo de la cultura como un reguero de aceite, aunque, por otra parte, era inevitable: vistas las cifras de la $GAE con sus cánones infinitos, las sociedades intermediarias en materia librera -creo que la más caracterizada, si no la única, se llama C€DRO- atacan por ahí como una fuente enorme de ingresos de libre y arbitraria disposición. Parece que no tienen bastante con lo que nos clavan por las máquinas fotocopiadoras, por cada fotocopia, por los escáneres y por no sé cuántas cosas más (por cierto, que me resulta tristemente gracioso eso de pagar cánones por máquinas y por fotocopias y ver luego en las copisterías el letrero «No se fotocopian libros»; pero... ¿no era el canon para compensar por la copia privada?). Y lo peor es que, como pasa con la $GAE y pese a lo que diga la $GAE, toda esa recaudación no va a parar a los autores menos favorecidos por las potencias editoriales sino, al contrario, a la minoría que verdaderamente obtiene pingües ingresos por ventas. Y, por supuesto, a la camarilla correspondiente de la entidad intermediaria, compuesta generalmente por una docenita de fracasados que han encontrado ahí el chollo de su vida.
Era de temer: en cuanto empieza a correr la pela, todo el mundo toma nota del procedimiento. Veremos cuántos colectivos más van a pedir (y quizá obtener) el correspondiente canon con cualquier pretexto.
Nunca como hasta ahora era tan clara, tan patente y tan notoria la comercialización de la cultura y, en general, la mercantilización -previa apropiación indebida- de todo bien que tenga un valor por más que desde toda la vida haya sido de acceso libre para todos. Las patentes sobre elementos de la naturaleza son un ejemplo claro, pero en absoluto único (pendsemos, por más ejemplo, en el agua). Nos lo están quitando todo, están saqueando el procomún para vendérnoslo envuelto en colorines, nos están obligando, además, a comprarlo aunque no lo queramos y a pagarlo aunque no lo usemos; y si aprovechamos lo que es nuestro por libre, encima nos llaman ladrones y nos intentan meter en presidio.
Es verdad que, en parte (y quizá en mucha parte), nos merecemos esta situación. Los ciudadanos de a pie -y los españoles más que ningunos otros- tenemos las tragaderas grandes y el culo ancho; como, además, analizar es pensar y pensar cansa, basta con que el ladrón -el ladrón de verdad- nos la vaya metiendo poquito a poquito para que nosotros, pensando (es un decir) que si ya tragamos y callamos ayer por un centímetro no vamos a montar la bronca por otro. Y nos consolamos pensando (sigue siendo un decir) que, eso sí, la bronca la montaríamos si nos metieran un palmo de golpe. Y cuando nos queremos dar cuenta, nos abren el paraguas en medio de los esfínteres. Es a lo que lleva el dejarse endiñar la puntita nada más: que acaba entrando a fondo. ¡Ah! Y además, te ha de gustar o eres un pendejo electrónico.
Pero, de cualquier modo, esto no puede seguir así. Ya sé que lo hemos dicho muchos y que lo hemos dicho muchas veces pero, señores, hay que afrancesarse un poco. Yo no sé si será cuestión de andar a pedradas con los antidisturbios, de boicotear contenidos apropiativos, de echarse -pero decididamente- al copyleft o todo a la vez. Por más que los franceses digan que somos muy activos; sí, somos muy activos unos pocos, bien por libre (Cortell, Bravo...), bien asociados (AI, los ámbitos Internet de «Libertad Digital», «20 Minutos», etc...), pero, aunque tenemos el apoyo intelectual o moral de mucha más gente, nos movemos en un mar de menfoutisme masivo.
Lo peor es que no solamente nos estamos hundiendo nosotros sino que, además, estamos hipotecando (con una hipoteca de esas de ahora, monstruosas, enormes) el futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos. Dar un golpazo -cívico, pero golpazo- es una necesidad cada día más perentoria: hay que parar esto urgentemente porque a cada día que dejemos pasar será más difícil hacerlo.
Es cuestión de vida o muerte cultural.
martes, 25 de abril de 2006
¡Qué monada!
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Via Ignacio Escolar llego a la noticia (que ayer leía en Barrapunto y no me podía creer) de que el grupo sociata en el Congreso va a pedir al mismo que se reconozcan derechos humanos a los simios. Sí, sí, a los micos, a los monos, a los primates, Tarzán y todo eso, sí...
Increíble ¿verdad?
Fíjate que, por primera vez, tenemos de acuerdo a un obispo (el de Pamplona, Fernando Sebastián), a la presidenta de Amnistía Internacional, Delia Padrón y a muchísima gente más entre la que me cuento yo, claro.
Los señoros, las señoras y les señores diputados, diputadas y diputades no tienen nada mejor que hacer que emplear su tiempo con los micos, mientras tenemos problemas muy graves en España, mientras hay problemas enormes en el mundo (y encima muchos de ellos nos pueden afectar) y mientras se cometen imbecilidades por doquier. Por ejemplo, Zap I El Anodino que, según parece, tanto ama ahora a los micos, sostiene cordialísimas relaciones y buen rollito con un tipejo como Fidel Castro, un dictador bastante brutal que no vacila en liquidar a la gente de hecho y, muy de vez en cuando, con su peculiarísimo derecho; pero a don Zap le preocupan más los micos que los cubanos. Producimos y vendemos armas a punta de pala; no somos los mejores -en lo de la tecnología somos unos mierdas y se nota hasta en eso- pero vendemos muchas que son capaces de matar lo suyo: y las vendemos sin mirar demasiado a qué país las vendemos, qué régimen tiene y qué va a hacer con ellas como, por no único ni peor ejemplo, a Marruecos; pero a don Zap le preocupa más la mona Chita (o como cojones la escriban los anglosajaos) que los saharauis, que llevan puteados y expulsados de su casa -por culpa nuestra, por cierto- más de treinta años.
Esto es increíble. Leía esta mañana -me figuro que en «Libertad Digital»- que Jimenez Losantos anda diciendo que está montada una peor que la del 31 y que la gente está ayuna del follón igual que lo estuvo entonces. Bueno, ya sabemos cómo hemos de valorar las comparaciones de este hombre, pero es verdad -por más que lo diga JL- que la gente está ignorando o está tragando cosas así de gordas.
Esto de las monas, después de todo, es más ridículo y gilipuertesco que peligroso. Como tampoco tengo intención de pegarle cuatro tiros a ningún mico, no tengo demasiado temor a verme procesado por asesinato (por favor, Jesusito, que me hagan a mí miembro de un jurado en un proceso por el asesinato de un orangután porque juro que la sentencia todavía se estudiará -con la facultad entera partiéndose el culo de risa- dentro de quinientos años... si es que necesitan partirse de risa con la sentencia y no les basta y sobra con el estudio de la normativa en cuestión). Es ridículo, sí, y gilipuertesco y no estrictamente peligroso, pero como señal es muy preocupante.
Que la clase política ha perdido el sentido de las proporciones es algo que ya sabíamos, no cabe esperar otra cosa de gentecilla tan insolvente. Pero lo que debería encender todas las señales de alarma es que esos merluzos se dediquen hacer barbaridades en medio de la solemne indiferencia ciudadana.
Nos tienen yo no sé si anestesiados o hastiados, pero da igual, para el caso es lo mismo. Es lo mismo y muy malo, porque muchas cosas podrían solucionarse ahora sin mayor drama que el reparto de unos cuantos puntapiés en varias posaderas que actualmente desgastan con sus culos de pingüino demasiado y costoso terciopelo del Patrimonio Nacional. Pero si esperamos mucho, si las consecuencias empiezan a ser graves de verdad (y ojo, que con estas hipotecazas, el petróleo disparado y la inflación no veas, como suban los tipos y disminuya el empleo mucha gente va a sudar frío), yo no sé qué puede acabar pasando aquí.
En este desgraciado y frecuentemente repelente país, no tenemos el saludable término medio de tirarnos tres o cuatro semanas descalabrando sales flics; aquí pasamos de tragar con todo a...
Bueno, nada, dejémoslo.
Via Ignacio Escolar llego a la noticia (que ayer leía en Barrapunto y no me podía creer) de que el grupo sociata en el Congreso va a pedir al mismo que se reconozcan derechos humanos a los simios. Sí, sí, a los micos, a los monos, a los primates, Tarzán y todo eso, sí...
Increíble ¿verdad?
Fíjate que, por primera vez, tenemos de acuerdo a un obispo (el de Pamplona, Fernando Sebastián), a la presidenta de Amnistía Internacional, Delia Padrón y a muchísima gente más entre la que me cuento yo, claro.
Los señoros, las señoras y les señores diputados, diputadas y diputades no tienen nada mejor que hacer que emplear su tiempo con los micos, mientras tenemos problemas muy graves en España, mientras hay problemas enormes en el mundo (y encima muchos de ellos nos pueden afectar) y mientras se cometen imbecilidades por doquier. Por ejemplo, Zap I El Anodino que, según parece, tanto ama ahora a los micos, sostiene cordialísimas relaciones y buen rollito con un tipejo como Fidel Castro, un dictador bastante brutal que no vacila en liquidar a la gente de hecho y, muy de vez en cuando, con su peculiarísimo derecho; pero a don Zap le preocupan más los micos que los cubanos. Producimos y vendemos armas a punta de pala; no somos los mejores -en lo de la tecnología somos unos mierdas y se nota hasta en eso- pero vendemos muchas que son capaces de matar lo suyo: y las vendemos sin mirar demasiado a qué país las vendemos, qué régimen tiene y qué va a hacer con ellas como, por no único ni peor ejemplo, a Marruecos; pero a don Zap le preocupa más la mona Chita (o como cojones la escriban los anglosajaos) que los saharauis, que llevan puteados y expulsados de su casa -por culpa nuestra, por cierto- más de treinta años.
Esto es increíble. Leía esta mañana -me figuro que en «Libertad Digital»- que Jimenez Losantos anda diciendo que está montada una peor que la del 31 y que la gente está ayuna del follón igual que lo estuvo entonces. Bueno, ya sabemos cómo hemos de valorar las comparaciones de este hombre, pero es verdad -por más que lo diga JL- que la gente está ignorando o está tragando cosas así de gordas.
Esto de las monas, después de todo, es más ridículo y gilipuertesco que peligroso. Como tampoco tengo intención de pegarle cuatro tiros a ningún mico, no tengo demasiado temor a verme procesado por asesinato (por favor, Jesusito, que me hagan a mí miembro de un jurado en un proceso por el asesinato de un orangután porque juro que la sentencia todavía se estudiará -con la facultad entera partiéndose el culo de risa- dentro de quinientos años... si es que necesitan partirse de risa con la sentencia y no les basta y sobra con el estudio de la normativa en cuestión). Es ridículo, sí, y gilipuertesco y no estrictamente peligroso, pero como señal es muy preocupante.
Que la clase política ha perdido el sentido de las proporciones es algo que ya sabíamos, no cabe esperar otra cosa de gentecilla tan insolvente. Pero lo que debería encender todas las señales de alarma es que esos merluzos se dediquen hacer barbaridades en medio de la solemne indiferencia ciudadana.
Nos tienen yo no sé si anestesiados o hastiados, pero da igual, para el caso es lo mismo. Es lo mismo y muy malo, porque muchas cosas podrían solucionarse ahora sin mayor drama que el reparto de unos cuantos puntapiés en varias posaderas que actualmente desgastan con sus culos de pingüino demasiado y costoso terciopelo del Patrimonio Nacional. Pero si esperamos mucho, si las consecuencias empiezan a ser graves de verdad (y ojo, que con estas hipotecazas, el petróleo disparado y la inflación no veas, como suban los tipos y disminuya el empleo mucha gente va a sudar frío), yo no sé qué puede acabar pasando aquí.
En este desgraciado y frecuentemente repelente país, no tenemos el saludable término medio de tirarnos tres o cuatro semanas descalabrando sales flics; aquí pasamos de tragar con todo a...
Bueno, nada, dejémoslo.
jueves, 20 de abril de 2006
Gilipollez (N+1)
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Mira, estaba hoy un poco harto de «El Incordio». Me ha costado mucho la paella, sobre todo por falta de tiempo y de oportunidad (sarna con gusto no pica, pero mortifica) y, con todo, no he querido callar ante las imbecilidades de Telefoníca (ver entrada inmediatamente anterior) con el software libre. Y ya me relajaba: mañana ya es viernes (la audiencia baja mucho en viernes), durante el fin de semana no me leen ni mis hijas y el lunes será otra semana y otra historia. Así que estaba cenando tranquilamente con la parentela y haciendo zapping a la desesperada búsqueda de algo interesante que me proporcionara una excusa para cortarle el rollo a mi pubilla que estaba dándome, incansable, la brasa con que quiere unos pantalones «Sancagat» -y que juro por mis ancestros que no tendrá hasta que me saque un 9 en mates redactando el examen en griego- cuando, tras el inevitable repaso por concursos imbéciles, un partido del jodido balompezuña y dos idiotas que se creen graciosos haciéndose el maricón (cada uno en un idioma ibérico distinto), aterrizo en Antena 3. Me sabe mal nombrarla, pero es que necesito pruebas, porque si no, no hay ser racional que se crea lo que cuento a continuación. Y despues de lo que he visto, no me espero al lunes. Aunque el riesgo de que se me adelante alguien con algo tan grotesco, increíble y absurdo es mínimo, no lo corro, y me lanzo al «Blogger».
Resulta que esa estupidez de la ley antitabaco prohíbe que establecimientos como los kioskos de prensa lo vendan. Parece ser que el tenor literal de la tal ley prohíbe la venta directa. Ruego al lector que me perdone la imprecisión pero como no fumo (por opción personal e intransferible, no porque la sociedad tenga culpa alguna de treinta deliciosos años de tabaco incesante y creciente) y no soporto lo políticamente correcto y menos aún en materia tabaquera, no pierdo el tiempo leyendo tonterías y no me entero demasiado. Bueno, pues, como digo, prohibida la venta directa.
Los honrados kioskeros (uno de los gremios que me resulta más simpático, por cierto) pusieron el grito en el cielo. Y es que los pobres están muy puteados: primero, la prensa apropiacionista les prohibió la distribución de prensa gratuita so pena de privarles de la otra (toma libertad de prensa, que le dicen ¿eh, Polanco?); después, los pendejos electrónicos que, aunque el empresariado mediático se dejará limar el frenillo lentamente antes que reconocerlo, han hecho bajar las ventas no hasta el punto de la palabra desplome [todavía] pero sí lo bastante como para marear a los de la corbata y la gomina en vísperas de junta general de accionistas; y para acabarla de joder, el gobierno ese puritano de Zap I (y de la colega catalana, con entusiasmo mal disimulado), que les prohíbe la venta del rico aroma. Claro, los chicos han protestado enérgicamente y se han ciscado en el padre de más de uno.
Como la ley antitabaco parece ser que no molesta especialmente a la $GAE, esos sociatillas de rebajas de cuesta de enero han decidido que parcialmente puede relajarse... en su aplicación. ¿Y cómo ampliar el margen de tolerancia sin vulnerar la ley? Atentos porque os juro que no es coña y que así lo han contado los de la tele esa (a la que hago responsable de la veracidad -dudosa, es cierto- de la información, con total indemnidad de este humilde bitacorista.
Los kioskos que quieran vender tabaco (pero no vulnerar una ley imbécil ¡voto a Largo Caballero!) podrán instalarse una maquinita, como las expendedoras comunes de los bares, sólo que más pequeñas. El comprador de tabaco le dirá al kioskero la marca y cantidad de paquetes que desea y, acto seguido, abonará el importe del pedido; hecho esto, el probo comerciante tomará una especie de mando a distancia y, previa opresión de la correspondiente combinación de botones, la maquinita expendedora cagará lo solicitado que será recogido por el solicitante, sin ser tocado por el vendedor (juegos de manos, juegos de villanos).
Y esta es la forma zapatista (ay, no, bueno, del tío ese que manda, ni siquiera él sabe cómo ni por qué) de eludir la venta directa.
Para cagarse.
Mira, estaba hoy un poco harto de «El Incordio». Me ha costado mucho la paella, sobre todo por falta de tiempo y de oportunidad (sarna con gusto no pica, pero mortifica) y, con todo, no he querido callar ante las imbecilidades de Telefoníca (ver entrada inmediatamente anterior) con el software libre. Y ya me relajaba: mañana ya es viernes (la audiencia baja mucho en viernes), durante el fin de semana no me leen ni mis hijas y el lunes será otra semana y otra historia. Así que estaba cenando tranquilamente con la parentela y haciendo zapping a la desesperada búsqueda de algo interesante que me proporcionara una excusa para cortarle el rollo a mi pubilla que estaba dándome, incansable, la brasa con que quiere unos pantalones «Sancagat» -y que juro por mis ancestros que no tendrá hasta que me saque un 9 en mates redactando el examen en griego- cuando, tras el inevitable repaso por concursos imbéciles, un partido del jodido balompezuña y dos idiotas que se creen graciosos haciéndose el maricón (cada uno en un idioma ibérico distinto), aterrizo en Antena 3. Me sabe mal nombrarla, pero es que necesito pruebas, porque si no, no hay ser racional que se crea lo que cuento a continuación. Y despues de lo que he visto, no me espero al lunes. Aunque el riesgo de que se me adelante alguien con algo tan grotesco, increíble y absurdo es mínimo, no lo corro, y me lanzo al «Blogger».
Resulta que esa estupidez de la ley antitabaco prohíbe que establecimientos como los kioskos de prensa lo vendan. Parece ser que el tenor literal de la tal ley prohíbe la venta directa. Ruego al lector que me perdone la imprecisión pero como no fumo (por opción personal e intransferible, no porque la sociedad tenga culpa alguna de treinta deliciosos años de tabaco incesante y creciente) y no soporto lo políticamente correcto y menos aún en materia tabaquera, no pierdo el tiempo leyendo tonterías y no me entero demasiado. Bueno, pues, como digo, prohibida la venta directa.
Los honrados kioskeros (uno de los gremios que me resulta más simpático, por cierto) pusieron el grito en el cielo. Y es que los pobres están muy puteados: primero, la prensa apropiacionista les prohibió la distribución de prensa gratuita so pena de privarles de la otra (toma libertad de prensa, que le dicen ¿eh, Polanco?); después, los pendejos electrónicos que, aunque el empresariado mediático se dejará limar el frenillo lentamente antes que reconocerlo, han hecho bajar las ventas no hasta el punto de la palabra desplome [todavía] pero sí lo bastante como para marear a los de la corbata y la gomina en vísperas de junta general de accionistas; y para acabarla de joder, el gobierno ese puritano de Zap I
Como la ley antitabaco parece ser que no molesta especialmente a la $GAE, esos sociatillas de rebajas de cuesta de enero han decidido que parcialmente puede relajarse... en su aplicación. ¿Y cómo ampliar el margen de tolerancia sin vulnerar la ley? Atentos porque os juro que no es coña y que así lo han contado los de la tele esa (a la que hago responsable de la veracidad -dudosa, es cierto- de la información, con total indemnidad de este humilde bitacorista.
Los kioskos que quieran vender tabaco (pero no vulnerar una ley imbécil ¡voto a Largo Caballero!) podrán instalarse una maquinita, como las expendedoras comunes de los bares, sólo que más pequeñas. El comprador de tabaco le dirá al kioskero la marca y cantidad de paquetes que desea y, acto seguido, abonará el importe del pedido; hecho esto, el probo comerciante tomará una especie de mando a distancia y, previa opresión de la correspondiente combinación de botones, la maquinita expendedora cagará lo solicitado que será recogido por el solicitante, sin ser tocado por el vendedor (juegos de manos, juegos de villanos).
Y esta es la forma zapatista (ay, no, bueno, del tío ese que manda, ni siquiera él sabe cómo ni por qué) de eludir la venta directa.
Para cagarse.
Güindou$foníca
De la serie:«Pequeños bocaditos»
En una tira de Mafalda -creo que ya la he citado alguna vez- el personaje Felipe, al oir un absurdo o una estupidez, decía que lo malo de llevar las orejas puestas todo el día era que se exponía uno a escuchar cosas como esas.
A veces tengo esa misma sensación. Por ejemplo, hoy, en la lista de correo de la Asociación de Internautas. Por una parte, un compañero nos avisa de que se va a celebrar en Madrid, en la sede del Ministerio de Industria y de no sé cuántas más cosas, un congreso europeo de Software Libre organizado por el equipo de este compañero. Enhorabuena y que salga todo estupendo. Veo -y, en principio, no hago mucho caso- que dentro del evento, Telefoníca va a realizar una presentación sobre el uso que hace la tal compañía del software libre. Hasta aquí.
Pero leo otro mensaje de otro compañero al que ayer por la tarde intenté ayudar un poco -a distancia, Skype mediante- en la configuración de la conexión ADSL de su SuSE Linux 10.0, lo que no conseguimos porque, dspués de varias pruebas, descubrimos que su tarjeta wireless no era reconocida por el sistema o estaba mal configurada. Llegados a este punto, yo ya no pude ayudarle más y, cuenta, llamó a Telefoníca (su ISP) para que le ayudaran en la configuración. Respuesta: «Lo siento, pero Telefoníca sólo da soporte para Güindou$».
Pregunta número uno: ¿estamos quizá ante el típico caso de analfabetismo profesional del pobre desgra que atiende al teléfono por cuatro duros al mes con puntapié en el culo y a la puta calle a fecha cierta, tan propio del Mierdsourcing?
Pregunta número dos: ¿es normal, en todo caso, que Telefoníca niegue asistencia a un cliente (haciendo entonces bueno aquello de Timofónica) sólo porque no es, a su vez, cliente de una empresa que, hasta donde podemos saber, no tiene vínculos con la teleco?
Pregunta número tres: ¿qué pinta, entonces, Telefoníca pegándose el moco en los congresos de software libre?
Pregunta número cuatro: ¿quosque tandem tendremos que seguir aguantando que empresas prestadoras de servicios universales -y no digamos nada de las entidades de derecho público- nos obliguen a la trágala a ser clientes de una empresa (además, nefasta) por más que su pintoresco e incapaz CEO (de victoria en victoria hasta la derrota final, va el tío) se dedique a abanicar a la gente con el talonario?
Si todo esto es normal, que venga Dans y lo vea.
En una tira de Mafalda -creo que ya la he citado alguna vez- el personaje Felipe, al oir un absurdo o una estupidez, decía que lo malo de llevar las orejas puestas todo el día era que se exponía uno a escuchar cosas como esas.
A veces tengo esa misma sensación. Por ejemplo, hoy, en la lista de correo de la Asociación de Internautas. Por una parte, un compañero nos avisa de que se va a celebrar en Madrid, en la sede del Ministerio de Industria y de no sé cuántas más cosas, un congreso europeo de Software Libre organizado por el equipo de este compañero. Enhorabuena y que salga todo estupendo. Veo -y, en principio, no hago mucho caso- que dentro del evento, Telefoníca va a realizar una presentación sobre el uso que hace la tal compañía del software libre. Hasta aquí.
Pero leo otro mensaje de otro compañero al que ayer por la tarde intenté ayudar un poco -a distancia, Skype mediante- en la configuración de la conexión ADSL de su SuSE Linux 10.0, lo que no conseguimos porque, dspués de varias pruebas, descubrimos que su tarjeta wireless no era reconocida por el sistema o estaba mal configurada. Llegados a este punto, yo ya no pude ayudarle más y, cuenta, llamó a Telefoníca (su ISP) para que le ayudaran en la configuración. Respuesta: «Lo siento, pero Telefoníca sólo da soporte para Güindou$».
Pregunta número uno: ¿estamos quizá ante el típico caso de analfabetismo profesional del pobre desgra que atiende al teléfono por cuatro duros al mes con puntapié en el culo y a la puta calle a fecha cierta, tan propio del Mierdsourcing?
Pregunta número dos: ¿es normal, en todo caso, que Telefoníca niegue asistencia a un cliente (haciendo entonces bueno aquello de Timofónica) sólo porque no es, a su vez, cliente de una empresa que, hasta donde podemos saber, no tiene vínculos con la teleco?
Pregunta número tres: ¿qué pinta, entonces, Telefoníca pegándose el moco en los congresos de software libre?
Pregunta número cuatro: ¿quosque tandem tendremos que seguir aguantando que empresas prestadoras de servicios universales -y no digamos nada de las entidades de derecho público- nos obliguen a la trágala a ser clientes de una empresa (además, nefasta) por más que su pintoresco e incapaz CEO (de victoria en victoria hasta la derrota final, va el tío) se dedique a abanicar a la gente con el talonario?
Si todo esto es normal, que venga Dans y lo vea.
Tráficos, esclavos y relevos
De la serie: «Los jueves, paella»
¡Vaya semanita necrófaga a cargo de la Dirección General de Tráfico y de su patético titular! Manipulaciones incesantes de cifras, propagandas absurdas y gilipollescas al más claro estilo bananero y un sinfín de despropósitos que aburre enumerar. Ya está [casi] todo dicho en mi bitácora y en muchas otras debidamente enlazadas (y ojo a un enlace escondidito de mi lector Pululante en los comentarios a una de mis entradas sobre la materia) y en tantísimas más que lamento desconocer pero que segurísimo que existen.
El rollo de anteayer -cierto o falso, ni se sabe y qué más dará, ya, a estas alturas...- es que casi la mitad de los muertos -ciertos, falsos, elípticos, supuestos o vete a saber- no llevaban puesto el cinturón de seguridad. ¡Oh, abominación! Hablemos de ello, que es lo que joroba a estos politicastros de mercadillo de saldos de ropa de segunda mano sin lavar...
Lo del cinturón de seguridad fue una manía del Fraga franquista que, no conforme con preservar nuestras almas, quiso también preservar nuestros cuerpos tanto si te gusta como si no. Resulta curioso: cuando se dice que durante el franquismo no éramos dueños de nuestras vidas, suele aludirse a lo relativamente fácil que le resultaba al régimen quitárnoslas; nunca se piensa en que, no conforme con eso, el régimen nos impedía también quitárnosla a nosotros mismos por propia mano o por abandono a los hados. O sea que Fraga nos impuso el cinturón de seguridad. Primero en los coches y después sobre nuestras clavículas. Otros vinieron después que le impusieron el casco al motorista.
Bueno ¿y por qué, precisamente esos dos ejemplos? Pues porque son una muestra de las aberraciones del poder: el uso o no del cinturón de seguridad no supone un incremento ni un detrimento de la seguridad de terceros; que un motorista lleve o no casco no supone ningún riesgo adicional para otro que no sea ese motorista. Yo, personalmente, llevo muy a gusto el cinturón en el coche y no por obligación sino por convencimiento; lo llevaría [lo he llevado] aunque no fuera [aún cuando no fue] obligatorio. Lo mismo pienso del casco del motorista: si yo lo fuera, uno integral y bien envolvente, de los que tocan casi al cuello y dejan bien cubierta la nuca y, en ella, el importantísimo cerebelo. Pero dicho todo esto, se trata de una decisión personal, de una opción de cada cual, cuya obligatoriedad supone una simple aberración jurídica y -perdonen ustedes la grandilocuencia, pero las cosas son como son- un atentado flagrante contra los derechos humanos entre los cuales está el de la disposición del propio cuerpo (que tanto y con tanto asentimiento se ha usado en otros temas mucho menos claros) y cuyas consecuencias no perjudican a terceros. Salvados los derechos de los niños (y lógica, por tanto, la obligación de cinturón y casco a los menores de edad, que a esos sí que hay que protegerlos coercitivamente), el uso de esos elementos debiera ser absolutamente libre. Y si mueren cien, mueren cien, y si mueren mil, mueren mil. Han asumido libremente un riesgo, no puede discutirse su capacidad para asumirlo (son mayores de edad ¿no?) y han pagado la factura que las circunstancias les han presentado y que en su momento ellos asumieron. Y punto pelota. ¿Quién cojones se cree que es el jodido ministro de lo que sea para disponer de mi vida? ¿Tan poco hemos avanzado desde los tiempos de la esclavitud ? (de hecho, creo que incluso hemos ido para atrás: al esclavo no se le podía despedir).
Y, por cierto, la limitación de velocidad en las autopistas a 120 km/h no vino por un afán de protección de nuestras vidas (y ahora que vendan esos gilipollas lo que quieran) sino por la llegada a España de la crisis petrolífera de 1972; en aquella época, la velocidad de los automóviles se subía a base de carburación, casi más que de cilindrada y en 1974 o 1975 (no recuerdo bien) Arias Navarro decidió que se había terminado la historia de subvencionar los combustibles de automoción y que, además, había que ahorrar crudo. Consecuentemente, y a tal fin, allá por el año 1976 se dictó esa limitación de velocidad. Hasta entonces, para los turismos no había limitación de velocidad en autopista.
Y los memos de ahora, que cuenten lo que quieran.
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La patronal de hostelería dice que el gremio sufre una angustiosa falta de personal y que hay que traer inmigrantes para paliarla. Yo diría, en cambio, que la patronal de hostelería tiene una angustiosa falta de vergüenza y que lo que habría que hacer es patear el culo a muchos de esos canallas.
¿Cómo es posible -me pregunto- que un país tenga en paro a uno de cada diez ciudadanos en situación de actividad y haya tíos que salgan clamando por la importación de carne humana? Sobre todo si se tiene en cuenta (ya veo venir a los neocon) que más de la mitad de estos parados locales no cobra subsidio alguno...
Evidentemente: o se concluye que el cinco por cien de la población activa está constituida por un hatajo de vagos o se concluye que tenemos la patronal -y no sólo la de hostelería- más cutre, mangui y salchichera de Europa y parte del extranjero. Con la complicidad evidente de nuestros bienamados y nunca bien ponderados políticos. ¡Oh! Y sindicatos. Que eso de la traición es materia extensa y extendida.
Lo que no hay son padres de familia dispuestos a echar jornadas de asfixia a seiscientos euros al mes bajo un contrato basura. Lo que no hay es personal de sala y de cocina profesional que se apunte a una comunión o a una boda por poco más del precio de un par de menús cuando hay entre cincuenta y cien comensales.
Lo que quiere la patronal es tener personal como la chiquita filipina que nos atendió a mi esposa y a mí el día de jueves santo, que trabajaba -y además bien- como una negra, con un contrato de asco y con un bujarrón local -contrato de los de antes, a diez años de la jubilación, seguro- que la metía mano (así, como suena, materialmente: lo vimos mi mujer y yo, asombrados) cada vez que se cruzaba con ella. Y todo eso por algo así: seiscientos euros, jornada de 8 (o de 80) horas y si te gusta, bien, y si no a la puta calle que como tú hay diez mil. Le di, por cierto, mi teléfono y el del sindicato (más que nada, para que pidiera referencias mías) y le ofrecí entrevistarnos en presencia de mi mujer (las mujeres acosadas desconfían hasta de su padre, y hacen bien) ofreciéndome a ayudarla y a testificar y a lo que hiciera falta si deseaba echar adelante el asunto. No creo que me llame pero, en fin, yo llego hasta donde llego...
Un representante de UGT decía hoy por la tele que lo que había que hacer es dignificar la profesión. Bueno, nunca está de más dignificar la profesión (cualquier profesión), pero lo primero es pagar al trabajador un salario justo y tener los puestos de trabajo en condiciones sociales, sanitarias y de seguridad adecuadas. Lo demás, sin perjuicio de todas las dignificaciones del mundo, son leches de UGT (y de otros, en cada caso) arrimando el ascua a la propia sardina.
No se van a ir todos los salarios justos a los cantachifles de la $GAE.
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Parece que un juez norteamericano ha obligado al gobierno yanqui a publicar las listas de los... de los... detenidos [sic, en los medios] en Guantánamo.
Me hacen mucha gracia los eufemismos de la prensa papelera y de los telediarios de los monopolios mediáticos. Aunque seguro que estos eufemismos harán mucha menos gracia a los afectados y a sus familias. Los detenidos en Guantánamo no son tales sino personas confinadas (vamos a utilizar un término suave, no diremos secuestradas, por ejemplo) contra su voluntad y, por cierto, contra derecho ¿Dónde están las acusaciones? ¿O dónde está el estatuto de prisionero de guerra, en defecto del estatuto constitucional de preso común? ¿Dónde están los jueces y los abogados o dónde está la Cruz Roja y la mediación de países neutrales, según el caso?
Guantánamo, en cambio, no es un eufemismo: es un toponímico. Hay otros toponímicos que también han sido usados a efectos parecidos. Recuerdo, por ejemplo, Auschwitz, Buchenwald, Dachau, Treblinka y otros varios, desgraciadamente muchos.
Entre paladines de la libertad, rojos, amarillos, bananeros y sinvergüenzas sin graduación, hay que ver la escuela que ha hecho Adolfito...
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Nueve meses del conflicto de MENASA se cumplen en estos días. El colectivo de mujeres de los trabajadores dice que, salvo palabras de unos y otros y muchos colorines, la situación no ha cambiado ni un milímetro desde su inicio.
Se ciscan, esas señoras, en los políticos y en los sindicatos.
Es que son unas extremistas, rediez.
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Ha habido meneo en el gobierno de la Generalitat. Hoy ha sido una de aquellas mañanas que para los funcionarios son más divertidas que la muerte del Papa. Todo son reuniones que se convocan, reuniones que se cancelan, rumores, puertas cerradas, teléfonos al rojo...
Pero ha acabado mal la broma: nos ponen de conseller en el ámbito -entre otros- de la función pública al caballero aquel de las cartas reclamando la cuota. Muchos hemos sacado del cajón nuestras modestísimas nóminas y hemos exclamado: «Hija mía: desde hoy, te llamarás alcázar. ¡Antes la muerte que rendirte!».
No sé a quién se le ha podido ocurrir (aunque me lo imagino) y nadie entiende como Maragall ha podido aceptar lo que nadie ve sino como una bofetada a su persona y a su cargo.
Pero mal empezamos si el conseller de la cosa ya tiene enfrente -y muy enfrente- de entrada y para empezar, sin siquiera haber tomado posesión, al entero colectivo de funcionarios.
Si fuera guerra lo que quisieran, no habría mejor modo de iniciarla.
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Bueno, pues ahí queda eso. Será hasta el próximo jueves, 27 de abril, festividad de la virgen de Montserrat, ya saben, la que está entronizada en una montaña cuyos frailes te hacen pagar -y no poco- sólo por mear. Por aparcar ya ni te cuento.
Por eso hace años que no subo -y lo que te rondaré, morena- al monasterio aquel. Y pensar que en el incendio de 1986 me pasé quince horas trabajando allí como un idiota...
Vuelve, Mendizábal, aunque sea de ordenanza.
¡Vaya semanita necrófaga a cargo de la Dirección General de Tráfico y de su patético titular! Manipulaciones incesantes de cifras, propagandas absurdas y gilipollescas al más claro estilo bananero y un sinfín de despropósitos que aburre enumerar. Ya está [casi] todo dicho en mi bitácora y en muchas otras debidamente enlazadas (y ojo a un enlace escondidito de mi lector Pululante en los comentarios a una de mis entradas sobre la materia) y en tantísimas más que lamento desconocer pero que segurísimo que existen.
El rollo de anteayer -cierto o falso, ni se sabe y qué más dará, ya, a estas alturas...- es que casi la mitad de los muertos -ciertos, falsos, elípticos, supuestos o vete a saber- no llevaban puesto el cinturón de seguridad. ¡Oh, abominación! Hablemos de ello, que es lo que joroba a estos politicastros de mercadillo de saldos de ropa de segunda mano sin lavar...
Lo del cinturón de seguridad fue una manía del Fraga franquista que, no conforme con preservar nuestras almas, quiso también preservar nuestros cuerpos tanto si te gusta como si no. Resulta curioso: cuando se dice que durante el franquismo no éramos dueños de nuestras vidas, suele aludirse a lo relativamente fácil que le resultaba al régimen quitárnoslas; nunca se piensa en que, no conforme con eso, el régimen nos impedía también quitárnosla a nosotros mismos por propia mano o por abandono a los hados. O sea que Fraga nos impuso el cinturón de seguridad. Primero en los coches y después sobre nuestras clavículas. Otros vinieron después que le impusieron el casco al motorista.
Bueno ¿y por qué, precisamente esos dos ejemplos? Pues porque son una muestra de las aberraciones del poder: el uso o no del cinturón de seguridad no supone un incremento ni un detrimento de la seguridad de terceros; que un motorista lleve o no casco no supone ningún riesgo adicional para otro que no sea ese motorista. Yo, personalmente, llevo muy a gusto el cinturón en el coche y no por obligación sino por convencimiento; lo llevaría [lo he llevado] aunque no fuera [aún cuando no fue] obligatorio. Lo mismo pienso del casco del motorista: si yo lo fuera, uno integral y bien envolvente, de los que tocan casi al cuello y dejan bien cubierta la nuca y, en ella, el importantísimo cerebelo. Pero dicho todo esto, se trata de una decisión personal, de una opción de cada cual, cuya obligatoriedad supone una simple aberración jurídica y -perdonen ustedes la grandilocuencia, pero las cosas son como son- un atentado flagrante contra los derechos humanos entre los cuales está el de la disposición del propio cuerpo (que tanto y con tanto asentimiento se ha usado en otros temas mucho menos claros) y cuyas consecuencias no perjudican a terceros. Salvados los derechos de los niños (y lógica, por tanto, la obligación de cinturón y casco a los menores de edad, que a esos sí que hay que protegerlos coercitivamente), el uso de esos elementos debiera ser absolutamente libre. Y si mueren cien, mueren cien, y si mueren mil, mueren mil. Han asumido libremente un riesgo, no puede discutirse su capacidad para asumirlo (son mayores de edad ¿no?) y han pagado la factura que las circunstancias les han presentado y que en su momento ellos asumieron. Y punto pelota. ¿Quién cojones se cree que es el jodido ministro de lo que sea para disponer de mi vida? ¿Tan poco hemos avanzado desde los tiempos de la esclavitud ? (de hecho, creo que incluso hemos ido para atrás: al esclavo no se le podía despedir).
Y, por cierto, la limitación de velocidad en las autopistas a 120 km/h no vino por un afán de protección de nuestras vidas (y ahora que vendan esos gilipollas lo que quieran) sino por la llegada a España de la crisis petrolífera de 1972; en aquella época, la velocidad de los automóviles se subía a base de carburación, casi más que de cilindrada y en 1974 o 1975 (no recuerdo bien) Arias Navarro decidió que se había terminado la historia de subvencionar los combustibles de automoción y que, además, había que ahorrar crudo. Consecuentemente, y a tal fin, allá por el año 1976 se dictó esa limitación de velocidad. Hasta entonces, para los turismos no había limitación de velocidad en autopista.
Y los memos de ahora, que cuenten lo que quieran.
La patronal de hostelería dice que el gremio sufre una angustiosa falta de personal y que hay que traer inmigrantes para paliarla. Yo diría, en cambio, que la patronal de hostelería tiene una angustiosa falta de vergüenza y que lo que habría que hacer es patear el culo a muchos de esos canallas.
¿Cómo es posible -me pregunto- que un país tenga en paro a uno de cada diez ciudadanos en situación de actividad y haya tíos que salgan clamando por la importación de carne humana? Sobre todo si se tiene en cuenta (ya veo venir a los neocon) que más de la mitad de estos parados locales no cobra subsidio alguno...
Evidentemente: o se concluye que el cinco por cien de la población activa está constituida por un hatajo de vagos o se concluye que tenemos la patronal -y no sólo la de hostelería- más cutre, mangui y salchichera de Europa y parte del extranjero. Con la complicidad evidente de nuestros bienamados y nunca bien ponderados políticos. ¡Oh! Y sindicatos. Que eso de la traición es materia extensa y extendida.
Lo que no hay son padres de familia dispuestos a echar jornadas de asfixia a seiscientos euros al mes bajo un contrato basura. Lo que no hay es personal de sala y de cocina profesional que se apunte a una comunión o a una boda por poco más del precio de un par de menús cuando hay entre cincuenta y cien comensales.
Lo que quiere la patronal es tener personal como la chiquita filipina que nos atendió a mi esposa y a mí el día de jueves santo, que trabajaba -y además bien- como una negra, con un contrato de asco y con un bujarrón local -contrato de los de antes, a diez años de la jubilación, seguro- que la metía mano (así, como suena, materialmente: lo vimos mi mujer y yo, asombrados) cada vez que se cruzaba con ella. Y todo eso por algo así: seiscientos euros, jornada de 8 (o de 80) horas y si te gusta, bien, y si no a la puta calle que como tú hay diez mil. Le di, por cierto, mi teléfono y el del sindicato (más que nada, para que pidiera referencias mías) y le ofrecí entrevistarnos en presencia de mi mujer (las mujeres acosadas desconfían hasta de su padre, y hacen bien) ofreciéndome a ayudarla y a testificar y a lo que hiciera falta si deseaba echar adelante el asunto. No creo que me llame pero, en fin, yo llego hasta donde llego...
Un representante de UGT decía hoy por la tele que lo que había que hacer es dignificar la profesión. Bueno, nunca está de más dignificar la profesión (cualquier profesión), pero lo primero es pagar al trabajador un salario justo y tener los puestos de trabajo en condiciones sociales, sanitarias y de seguridad adecuadas. Lo demás, sin perjuicio de todas las dignificaciones del mundo, son leches de UGT (y de otros, en cada caso) arrimando el ascua a la propia sardina.
No se van a ir todos los salarios justos a los cantachifles de la $GAE.
Parece que un juez norteamericano ha obligado al gobierno yanqui a publicar las listas de los... de los... detenidos [sic, en los medios] en Guantánamo.
Me hacen mucha gracia los eufemismos de la prensa papelera y de los telediarios de los monopolios mediáticos. Aunque seguro que estos eufemismos harán mucha menos gracia a los afectados y a sus familias. Los detenidos en Guantánamo no son tales sino personas confinadas (vamos a utilizar un término suave, no diremos secuestradas, por ejemplo) contra su voluntad y, por cierto, contra derecho ¿Dónde están las acusaciones? ¿O dónde está el estatuto de prisionero de guerra, en defecto del estatuto constitucional de preso común? ¿Dónde están los jueces y los abogados o dónde está la Cruz Roja y la mediación de países neutrales, según el caso?
Guantánamo, en cambio, no es un eufemismo: es un toponímico. Hay otros toponímicos que también han sido usados a efectos parecidos. Recuerdo, por ejemplo, Auschwitz, Buchenwald, Dachau, Treblinka y otros varios, desgraciadamente muchos.
Entre paladines de la libertad, rojos, amarillos, bananeros y sinvergüenzas sin graduación, hay que ver la escuela que ha hecho Adolfito...
Nueve meses del conflicto de MENASA se cumplen en estos días. El colectivo de mujeres de los trabajadores dice que, salvo palabras de unos y otros y muchos colorines, la situación no ha cambiado ni un milímetro desde su inicio.
Se ciscan, esas señoras, en los políticos y en los sindicatos.
Es que son unas extremistas, rediez.
Ha habido meneo en el gobierno de la Generalitat. Hoy ha sido una de aquellas mañanas que para los funcionarios son más divertidas que la muerte del Papa. Todo son reuniones que se convocan, reuniones que se cancelan, rumores, puertas cerradas, teléfonos al rojo...
Pero ha acabado mal la broma: nos ponen de conseller en el ámbito -entre otros- de la función pública al caballero aquel de las cartas reclamando la cuota. Muchos hemos sacado del cajón nuestras modestísimas nóminas y hemos exclamado: «Hija mía: desde hoy, te llamarás alcázar. ¡Antes la muerte que rendirte!».
No sé a quién se le ha podido ocurrir (aunque me lo imagino) y nadie entiende como Maragall ha podido aceptar lo que nadie ve sino como una bofetada a su persona y a su cargo.
Pero mal empezamos si el conseller de la cosa ya tiene enfrente -y muy enfrente- de entrada y para empezar, sin siquiera haber tomado posesión, al entero colectivo de funcionarios.
Si fuera guerra lo que quisieran, no habría mejor modo de iniciarla.
Bueno, pues ahí queda eso. Será hasta el próximo jueves, 27 de abril, festividad de la virgen de Montserrat, ya saben, la que está entronizada en una montaña cuyos frailes te hacen pagar -y no poco- sólo por mear. Por aparcar ya ni te cuento.
Por eso hace años que no subo -y lo que te rondaré, morena- al monasterio aquel. Y pensar que en el incendio de 1986 me pasé quince horas trabajando allí como un idiota...
Vuelve, Mendizábal, aunque sea de ordenanza.
martes, 18 de abril de 2006
La centena trolera
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Con razón dicen que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Hace dos o tres días, picaba a Josu Mezo para que dejara con el culo al aire las cifras manipuladas y falsarias de la DGT en mi convicción de que, de un modo u otro, las bases de sus estúpidas campañas son falsas.
Pues bien, ya sea por ese pique, ya sea porque la burda horterez de los de Tráfico y sus campañas tienen hartos ya a muchísimos ciudadanos, no pocos de los cuales saben de estadísticas y de cuentas, precisamente vía Malaprensa llego a la bitácora de Wonka en la que ha puesto exactitos los números de la accidentalidad de tráfico en España, incluyendo -y ahí le jode al DGT- los que en la DGT se callan como putas.
Y ahí queda claro que, tal como yo sospechaba, el número de kilómetros por muerto se ha incrementado muy sensiblemente. Dicho en otras palabras: en relación a los kilómetros recorridos, cada vez hay menos muertos en accidentes de tráfico y la tendencia sigue siendo marcadamente favorable a que ese descenso se mantenga.
Desde la lamentación por los muertos y por el drama familiar que hay detrás de cada uno de ellos, desde la principal consideración de que un muerto es demasiados muertos, desde mi recomendación (que intento seguir yo mismo, por supuesto) de templanza al volante, en la convicción de que hay que hacer todo lo razonablemente posible por disminuir las cifras absolutas, hay que decir muy alto y muy claro que la evolución de la mortalidad en carretera en los últimos veinte años es muy, muy, muy positiva. Colaboremos todos en que lo sea aún más, incluso mucho más.
Pero, tal y como dije cerrando mi anterior entrada, que los de la DGT le vayan a otro perro con ese hueso.
Dicho todo esto, reciban los politicastros de Tráfico mi más despectivo escupitajo.
Con razón dicen que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Hace dos o tres días, picaba a Josu Mezo para que dejara con el culo al aire las cifras manipuladas y falsarias de la DGT en mi convicción de que, de un modo u otro, las bases de sus estúpidas campañas son falsas.
Pues bien, ya sea por ese pique, ya sea porque la burda horterez de los de Tráfico y sus campañas tienen hartos ya a muchísimos ciudadanos, no pocos de los cuales saben de estadísticas y de cuentas, precisamente vía Malaprensa llego a la bitácora de Wonka en la que ha puesto exactitos los números de la accidentalidad de tráfico en España, incluyendo -y ahí le jode al DGT- los que en la DGT se callan como putas.
Y ahí queda claro que, tal como yo sospechaba, el número de kilómetros por muerto se ha incrementado muy sensiblemente. Dicho en otras palabras: en relación a los kilómetros recorridos, cada vez hay menos muertos en accidentes de tráfico y la tendencia sigue siendo marcadamente favorable a que ese descenso se mantenga.
Desde la lamentación por los muertos y por el drama familiar que hay detrás de cada uno de ellos, desde la principal consideración de que un muerto es demasiados muertos, desde mi recomendación (que intento seguir yo mismo, por supuesto) de templanza al volante, en la convicción de que hay que hacer todo lo razonablemente posible por disminuir las cifras absolutas, hay que decir muy alto y muy claro que la evolución de la mortalidad en carretera en los últimos veinte años es muy, muy, muy positiva. Colaboremos todos en que lo sea aún más, incluso mucho más.
Pero, tal y como dije cerrando mi anterior entrada, que los de la DGT le vayan a otro perro con ese hueso.
Dicho todo esto, reciban los politicastros de Tráfico mi más despectivo escupitajo.
lunes, 17 de abril de 2006
Otro
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Esta vez, en positivo. Si hace unas pocas semanas llorábamos el abandono digital de Carlos Sánchez Almeida, tenemos que lamentar ahora el de Ignacio Escolar. Pero el sabor no es, en este caso, tan amargo. Ignacio Escolar no abandona: simplemente, restringe, disminuye dedicación, pero no se va del todo. Interpretándole, cabría decir, en términos absolutos, que no se va, sólo que estará un poco menos en casa.
Pero la razón es buena: se va como director adjunto a «La Voz de Almería», la cadena SER de Almería y Localia Almería. Por lo primero, le felicito; los segundos, se los perdono.
Echaré de menos su frecuencia, su permanente búsqueda del punzón periodístico lacerante, el incesante campaneo de su bitácora sobre mi lector de feeds; por eso me dará una mayor satisfacción el campanazo de Kontact cada vez que Ignacio suba algo a la Red.
Pero ganamos una pica en Flandes, ganamos un periodista verdaderamente de hoy en la polilla papelera y eso hace mucha falta. No que la blogosfera se acerque a la papelería sino al contrario, que ésta empiece a mirar correctamente hacia aquélla. Aunque supongo que las primeras semanas me comeré mucha mediocridad digital, «La Voz de Almería» pasa a mi lista de marcadores en la seguridad de que pronto será una referencia que trascenderá más allá de una de las provincias más hechas polvo de una nada campante Andalucía.
Suerte y buen hacer, Nacho.
Y que nosotros lo veamos.
Esta vez, en positivo. Si hace unas pocas semanas llorábamos el abandono digital de Carlos Sánchez Almeida, tenemos que lamentar ahora el de Ignacio Escolar. Pero el sabor no es, en este caso, tan amargo. Ignacio Escolar no abandona: simplemente, restringe, disminuye dedicación, pero no se va del todo. Interpretándole, cabría decir, en términos absolutos, que no se va, sólo que estará un poco menos en casa.
Pero la razón es buena: se va como director adjunto a «La Voz de Almería», la cadena SER de Almería y Localia Almería. Por lo primero, le felicito; los segundos, se los perdono.
Echaré de menos su frecuencia, su permanente búsqueda del punzón periodístico lacerante, el incesante campaneo de su bitácora sobre mi lector de feeds; por eso me dará una mayor satisfacción el campanazo de Kontact cada vez que Ignacio suba algo a la Red.
Pero ganamos una pica en Flandes, ganamos un periodista verdaderamente de hoy en la polilla papelera y eso hace mucha falta. No que la blogosfera se acerque a la papelería sino al contrario, que ésta empiece a mirar correctamente hacia aquélla. Aunque supongo que las primeras semanas me comeré mucha mediocridad digital, «La Voz de Almería» pasa a mi lista de marcadores en la seguridad de que pronto será una referencia que trascenderá más allá de una de las provincias más hechas polvo de una nada campante Andalucía.
Suerte y buen hacer, Nacho.
Y que nosotros lo veamos.
Mierdsourcing
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Regresó el viernes mi hija mayor del campamento con los colores de una manzanita starking, oliendo a tomillo y a mejorana, echando por todos los poros salud de montaña y excitada y radiante por todo lo que tenía que contar. Tan excitada que... el móvil fue a la lavadora metido en un bolsillo donde sufrió prelavado, lavado con jabón y suavizante, aclarado y centrifugado a no sé cuántos miles de revoluciones por minuto. Por supuesto, murió reglamentariamente y aún suerte que sobrevivió el chip de modo que gracias a un viejo zarrio que tenía por ahí guardado por si esto, la niña mantuvo sus importantísimos contactos y no se nos murió de un ataque agudo de mono. Pero, claro, el zarrio es lo mínimo de lo mínimo y esto, para una adolescente catorceañera, es como pretender que se ponga unos pantalones pirata de mercadillo sin etiqueta ni nada, así que procede terminal nuevo. Y, ya puestos, cambiar el de la legítima y el mío, que andan ya un poco gagá.
Así que, alegremente, me voy a la página de Vodafone, mi actual proveedor a ver qué me dan con todos los puntos de fidelización que tengo y... nada. Aún con puntos de esos, todavía me tendría que dejar entre treinta y cincuenta mil de las viejas para hacerme con tres terminales decentes aunque sin pretensiones (la única virguería que quiero en dos de ellos es bluetooth por aquello del coche; nada de cámaras, ni de videoconferencia, ni nada de nada).
Si no conociera el percal, llamaría a Vodafone. En condiciones normales (que de unos años para acá, ya son muy anormales) me saldría un empleado de Vodafone, le explicaría lo que me pasa, le diría que tengo un contrato familiar con tres números (y el cuarto asegurado a cuatro años vista) que soy cliente desde hace más de cuatro, etcétera, y que, hombre, un detalle; el empleado me pediría un poco de tiempo para hablar con algún jefe y al rato me llamaría para decirme que con lo buen cliente que soy que nada, que me ofrece tres terminales del modelo tal a un precio de risa más gastos de envío y todos seríamos felices.
En vez de eso, si llamo a Vodafone me saldrá Pollardo Gutiérrez preguntándome que en qué puede servirme y cuando se lo cuente mirará el manual de quince páginas, me dirá que no hay nada que hacer y que gracias por haber llamado. Mi problema como cliente va a importarle tres cojones porque dentro de tres meses él estará en la puta calle en la que pasará una semanita, transcurrida la cual trabajará -en idénticas condiciones- para otro tratante de esclavos subcontratado, a su vez, por otra compañía de telefonía móvil. Ningún problema: con los engominados MBA de la empresa pasa lo mismo y el cliente les importa lo mismo que a Pollardo, lo que interesa es la bolsa.
La propia Vodafone, por tanto -y pese a un servicio correcto en estos años- va a perder estúpidamente un cliente que se va a ir a Movistar porque si se lleva sus números allí los terminales prácticamente se los regalan. Y si Movistar me encadena un año o año y medio me da igual: salvo desgracias, venimos cambiando los terminales, en promedio, cada dos o tres años.
Esto es lo que pasa cuando se prefiere piratear al cliente de la competencia en vez de fidelizar al propio: los unos por los otros, las cifras quedan, al final, más o menos igual y regalando terminales a todo pasto, también igualmente. Si empezaran por ahí con los propios clientes, no haría falta tanto trasiego. Hay demasiado subnormal entre los encorbatados de la gomina.
¿Cuántos años harán falta para que vean lo obvio?
Regresó el viernes mi hija mayor del campamento con los colores de una manzanita starking, oliendo a tomillo y a mejorana, echando por todos los poros salud de montaña y excitada y radiante por todo lo que tenía que contar. Tan excitada que... el móvil fue a la lavadora metido en un bolsillo donde sufrió prelavado, lavado con jabón y suavizante, aclarado y centrifugado a no sé cuántos miles de revoluciones por minuto. Por supuesto, murió reglamentariamente y aún suerte que sobrevivió el chip de modo que gracias a un viejo zarrio que tenía por ahí guardado por si esto, la niña mantuvo sus importantísimos contactos y no se nos murió de un ataque agudo de mono. Pero, claro, el zarrio es lo mínimo de lo mínimo y esto, para una adolescente catorceañera, es como pretender que se ponga unos pantalones pirata de mercadillo sin etiqueta ni nada, así que procede terminal nuevo. Y, ya puestos, cambiar el de la legítima y el mío, que andan ya un poco gagá.
Así que, alegremente, me voy a la página de Vodafone, mi actual proveedor a ver qué me dan con todos los puntos de fidelización que tengo y... nada. Aún con puntos de esos, todavía me tendría que dejar entre treinta y cincuenta mil de las viejas para hacerme con tres terminales decentes aunque sin pretensiones (la única virguería que quiero en dos de ellos es bluetooth por aquello del coche; nada de cámaras, ni de videoconferencia, ni nada de nada).
Si no conociera el percal, llamaría a Vodafone. En condiciones normales (que de unos años para acá, ya son muy anormales) me saldría un empleado de Vodafone, le explicaría lo que me pasa, le diría que tengo un contrato familiar con tres números (y el cuarto asegurado a cuatro años vista) que soy cliente desde hace más de cuatro, etcétera, y que, hombre, un detalle; el empleado me pediría un poco de tiempo para hablar con algún jefe y al rato me llamaría para decirme que con lo buen cliente que soy que nada, que me ofrece tres terminales del modelo tal a un precio de risa más gastos de envío y todos seríamos felices.
En vez de eso, si llamo a Vodafone me saldrá Pollardo Gutiérrez preguntándome que en qué puede servirme y cuando se lo cuente mirará el manual de quince páginas, me dirá que no hay nada que hacer y que gracias por haber llamado. Mi problema como cliente va a importarle tres cojones porque dentro de tres meses él estará en la puta calle en la que pasará una semanita, transcurrida la cual trabajará -en idénticas condiciones- para otro tratante de esclavos subcontratado, a su vez, por otra compañía de telefonía móvil. Ningún problema: con los engominados MBA de la empresa pasa lo mismo y el cliente les importa lo mismo que a Pollardo, lo que interesa es la bolsa.
La propia Vodafone, por tanto -y pese a un servicio correcto en estos años- va a perder estúpidamente un cliente que se va a ir a Movistar porque si se lleva sus números allí los terminales prácticamente se los regalan. Y si Movistar me encadena un año o año y medio me da igual: salvo desgracias, venimos cambiando los terminales, en promedio, cada dos o tres años.
Esto es lo que pasa cuando se prefiere piratear al cliente de la competencia en vez de fidelizar al propio: los unos por los otros, las cifras quedan, al final, más o menos igual y regalando terminales a todo pasto, también igualmente. Si empezaran por ahí con los propios clientes, no haría falta tanto trasiego. Hay demasiado subnormal entre los encorbatados de la gomina.
¿Cuántos años harán falta para que vean lo obvio?
domingo, 16 de abril de 2006
La centena macabra
De la serie: «Pequeños bocaditos»
La Dirección General de Tráfico va de mal en peor y de peor en pésimo. Es lo que pasa cuando no se atacan las verdaderas causas de un problema y se quiere nadar con la industria automovilística y guardar la ropa del ingente chatarreo finisemanal. Se ven abocados a una propaganda a cada vez más estúpida y a verdaderas mateduras de pata.
¿Quién ha sido, por ejemplo, el idiota al que se le ha ocurrido airear como la gran cosa la previsión de cien muertos para esta Semana Santa? ¿Qué ha conseguido? ¿Acojonar al personal o multiplicar las porras sobre el acierto o el fracaso de la previsión? Los telediarios y las radiocadenas (audiencias mandan), atentos al morbo, van soltando a cada boletín informativo el número de muertos que se va produciendo casi con el mismo tono con que se van desgranando los resultados de la jornada futbolera (83 muertos a las siete de la tardeeee... ¡un 1 en la quinielaaaaa! ¡Atención la nacional 976! ¿Cómo va por allí la matanza? ¿Se cumplen las previsiones?).
En realidad, me gustaría saber si el problema es tan grave. Toda actividad humana comporta un riesgo y todos los que cogemos un coche sabemos que existe; por más defensa psicológica que le echemos (¡no me va a pasar a mí!), sabemos que el riesgo es cierto y palpable. No creo que sea yo el único que la víspera de un viaje largo, coche cargado, toda mi familia en él, siente un pequeño y desagradable cosquilleo en algún punto en el estómago. Luego se pasa en cuanto se pone el coche en marcha, pero ese pequeño punto de agobio (joder, llevo a toda mi familia) lo sufrimos -creo yo- todos los que tenemos un dedo de frente. El riesgo, por tanto, hay que asumirlo: con responsabilidad, con consciencia, pero con tranquilidad (o con fatalismo). Los aviones no suelen caerse, afortunadamente, pero sabemos positivamente que, de cuando en cuando, se la pegan. No obstante, subimos a ellos con frecuencia y con toda la tranquilidad, sabiendo (porque nos ha machacado con ello las compañías aéreas) que es el medio de transporte más seguro.
A eso iba yo. Las compañías aéreas nos ofrecen cada año (en olor de cava de celebración) cómo crece la cantidad de centenares de miles (o de millones) de millas voladas por cada pasajero muerto en accidente aéreo. La DGT se calla rufianescamente cuántos kilómetros se recorren por cada muerto en accidente de tráfico. Tengo la sospecha de que el mensaje cenizo -y desacreditado- con que se nos bombardea cada fin de semana, se desplomaría ante la realidad de un incremento enorme de los kilómetros/muerto de los últimos años. O sea, de un descenso importante en la mortalidad relativa. Ahí queda el desafío para el amigo Josu Mezo, que estoy seguro que los pillará in fraganti el día menos pensado.
Quizá la progresiva -e imparable- deslocalización (como llaman ahora a la fuga echando leches) de la industria automovilística les lleve a considerar que la verdadera solución para bajar los números absolutos es, sencillamente, limitar el número de caballos de fuerza por cada 100 kilos de vehículo. Quizá el mismo fenómeno decida por fin a los alcaldes hispanos a poner coto a la entrada de automóviles en las ciudades como forma radical -y baratísima- de hacer de éstas lugares habitables y hasta cómodos.
Y en todo lo demás, a otro perro con ese hueso.
La Dirección General de Tráfico va de mal en peor y de peor en pésimo. Es lo que pasa cuando no se atacan las verdaderas causas de un problema y se quiere nadar con la industria automovilística y guardar la ropa del ingente chatarreo finisemanal. Se ven abocados a una propaganda a cada vez más estúpida y a verdaderas mateduras de pata.
¿Quién ha sido, por ejemplo, el idiota al que se le ha ocurrido airear como la gran cosa la previsión de cien muertos para esta Semana Santa? ¿Qué ha conseguido? ¿Acojonar al personal o multiplicar las porras sobre el acierto o el fracaso de la previsión? Los telediarios y las radiocadenas (audiencias mandan), atentos al morbo, van soltando a cada boletín informativo el número de muertos que se va produciendo casi con el mismo tono con que se van desgranando los resultados de la jornada futbolera (83 muertos a las siete de la tardeeee... ¡un 1 en la quinielaaaaa! ¡Atención la nacional 976! ¿Cómo va por allí la matanza? ¿Se cumplen las previsiones?).
En realidad, me gustaría saber si el problema es tan grave. Toda actividad humana comporta un riesgo y todos los que cogemos un coche sabemos que existe; por más defensa psicológica que le echemos (¡no me va a pasar a mí!), sabemos que el riesgo es cierto y palpable. No creo que sea yo el único que la víspera de un viaje largo, coche cargado, toda mi familia en él, siente un pequeño y desagradable cosquilleo en algún punto en el estómago. Luego se pasa en cuanto se pone el coche en marcha, pero ese pequeño punto de agobio (joder, llevo a toda mi familia) lo sufrimos -creo yo- todos los que tenemos un dedo de frente. El riesgo, por tanto, hay que asumirlo: con responsabilidad, con consciencia, pero con tranquilidad (o con fatalismo). Los aviones no suelen caerse, afortunadamente, pero sabemos positivamente que, de cuando en cuando, se la pegan. No obstante, subimos a ellos con frecuencia y con toda la tranquilidad, sabiendo (porque nos ha machacado con ello las compañías aéreas) que es el medio de transporte más seguro.
A eso iba yo. Las compañías aéreas nos ofrecen cada año (en olor de cava de celebración) cómo crece la cantidad de centenares de miles (o de millones) de millas voladas por cada pasajero muerto en accidente aéreo. La DGT se calla rufianescamente cuántos kilómetros se recorren por cada muerto en accidente de tráfico. Tengo la sospecha de que el mensaje cenizo -y desacreditado- con que se nos bombardea cada fin de semana, se desplomaría ante la realidad de un incremento enorme de los kilómetros/muerto de los últimos años. O sea, de un descenso importante en la mortalidad relativa. Ahí queda el desafío para el amigo Josu Mezo, que estoy seguro que los pillará in fraganti el día menos pensado.
Quizá la progresiva -e imparable- deslocalización (como llaman ahora a la fuga echando leches) de la industria automovilística les lleve a considerar que la verdadera solución para bajar los números absolutos es, sencillamente, limitar el número de caballos de fuerza por cada 100 kilos de vehículo. Quizá el mismo fenómeno decida por fin a los alcaldes hispanos a poner coto a la entrada de automóviles en las ciudades como forma radical -y baratísima- de hacer de éstas lugares habitables y hasta cómodos.
Y en todo lo demás, a otro perro con ese hueso.
viernes, 14 de abril de 2006
CC de protección oficial
De la serie; «Correo ordinario»
Por medio del portal «La Farga» me entero de que la Secretaria de Telecomunicacions y Societat de la Informació va a promocionar un CD con música bajo licencia Creative Commons.
La STSI comprometió a la Generalitat en la promoción de las licencias copyleft y, concretamente, en las Creative Commons, así como en licenciar toda la documentación oficial posible en copyleft. Eso está bien y estaría mucho mejor aún en la medida en que se cumpliera, pues, aunque la Generalitat divulga gratuitamente mucha documentación propia en archivos digitales (generalmente PDF, aunque se le escapan no pocos .doc), lo cierto es que la mayor parte de esta documentación se blinda con el maldito copyright en seco, es decir, sin paliarlo con una CC. Es lo mismo que pasa con el software libre, también objeto de compromiso promocional por parte de la STSI (y promoción, en el sentido publicitario de la palabra sí que la hace) aunque sin darle trigo administrativo a la prédica.
Toda la acción descrita en el párrafo anterior, dejando aparte su grado y modo de cumplimiento, es loable, justa y necesaria, sin perjuicio de las presiones -desgraciadamente leves- que podamos hacerle a Oriol Ferran desde el activismo softwarelibrero.
Pero lo del CD es harina de otro costal.
La promoción cultural oficial, la cultura subvencionada, no es la mejor manera de promocionar las licencias copyleft ni mucho menos la música (o el arte, o la cultura) libre. Ahí Oriol y/o sus asesores han metido el remo creyendo que todo el monte es orégano. La música libre vive en el mismo planeta que el software libre, pero ambas cosas no son lo mismo. Y cuando alguien sostiene que sí son los mismo es porque cree que el software libre no debe ser promocionado desde la administración.
Como siempre, por partes. ¿Es promocionable el software libre por la administración pública? Yo creo -quizá para sorpresa de algunos- que no. La administración debe usarlo por razones de economía, de eficiencia y de seguridad, características, las tres, sobradamente demostradas; y por eso he apoyado siempre las leyes en este sentido. No es que crea, en estricta puridad, que deba ser necesaria una ley para esto, pero el talonario de Ballmer es muy largo y una simple decisión política decae con una alternativa política en otras elecciones; la modificación de una ley, en cambio, requiere un proyecto y un debate, todo ello muy público, lo que obliga al político a lo que más odia: dar la cara. Por tanto, el software libre y, sobre todo -inexcusablemente-, los formatos libres, deben ser usados por las administraciones públicas sin más. De su promoción fuera de ellas, en cambio, debemos ocuparnos otros con más credibilidad que las administraciones y porque -las cosas como son- debemos situarnos al mismo nivel que otros ciudadanos que, equivocadamente pero con todo su derecho, promueven otras modalidades. Y no porque los ciudadanos particulares actuando como tales seamos personalmente más creíbles -que también- sino porque somos argumentalmente irrebatibles, por más que Micro$oft explique fantasías al modo $GAE. Y nuestros argumentos suenan muy dulces, por ejemplo, a los empresarios, porque hablamos de pasta gansa, de ahorro de gastos con mejores medios (y sin despedir a nadie, ojo), o sea, ahorro inteligente, eficiencia empresarial de la buena. TOC genuino..
La promoción pública de la cultura libre, en cambio, es algo que, como ciudadano, debo protestar -y protesto- enérgicamente. Y quien así habla es un firme -yo diría que feroz- defensor de lo público, pero todo tiene sus límites y este es uno de ellos. Soy de los que creen que antes de llegar a esa falaz excepción cultural habría que haber pasado por muchísimas otras excepciones que, gangsterilmente, se han soslayado (en Catalunya y fuera de Catalunya: resto de España, resto de Europa...). Y aún con esas excepciones, la cultural habría que descartarla. Por varias razones.
La primera razón, es que una expresión cultural que no se sustenta en su aceptación/adopción por una parte, no diré que necesariamente mayoritaria, pero sí claramente sustancial de la ciudadanía, no merece existir. La cultura, o es popular o no es. Y que nadie acuda al lugar común de que lo popular es siempre basto y chabacano y lo culto y refinado es siempre minoritario. Es un simple problema de educación: si hay una educación de calidad (con perdón por la redundancia) al alcance del común de los ciudadanos, el común de los ciudadanos accede gustoso a las expresiones culturales y artísticas difíciles y elevadas. Lo que ocurre es que cuando la educación no es de calidad (o sea, no es, y no constituye sino un mero y repelente instrumento de inculcación de lo políticamente correcto) te venden películas de Saura y otros farsantes guerracivilistas como si fueran la hostia en Pascua y es entonces cuando la muchedumbre muge que sí, que es muy bueno el tal Saura, pero en el anonimato del no hacer, es decir, de no poner el pie en el cine, el ciudadano emite su cruel sentencia y, consecuentemente, a Saura y demás farsantes guerracivilistas o les subvencionan -excepción cultural- o se ven obligados a trabajar para vivir. Cruel destino, ese... que sufrimos prácticamente todos los ciudadanos que tomamos el transporte público a diario en vez del pelo a nuestros vecinos. A ver si alguien se cree que el numerito de los premios Goya del 2003 fue por la guerra y no porque el del bigote tenía al gremio vendecopias bajo un severo régimen restrictivo de dinero de los ciudadanos...
La segunda razón se deduce del evidente hecho de que poner bajo protección oficial las manifestaciones culturales copyleft sitúan a dichas maniestaciones culturales al mismo nivel que la venta de copias que tanto (y con tanta razón) denunciamos los activistas del copyleft. Es contradictorio y perverso. La cultura libre emergerá por propio mérito, por el inmenso valor que encierra que, ojo, no es intrínseco, es simplemente por la calidad de muchos autores que -como obvia manifestación de su inteligencia- han elegido este tipo de derechos cívicos para su obra.
Eso por no hablar de una tercera razón (que no atribuyo necesariamente a la iniciativa de la STSI): la sospecha, siempre posible y plausible, de que se promocione a unos sí y a otros no y que los que sí, resulte que naveguen -más o menos casualmente- por aguas colindantes a las del partido en el poder.
Me sabe mal hacer una crítica negativa de algo que, en sí mismo, habría de caerme instintivamente simpático, que, sin embargo, es racionalmente contraproducente. Pero me parece evidente que en la Secretaria de Oriol Ferran se ha cometido una desdichada impremeditación.
Ya se dice que hay amores que matan.
Por medio del portal «La Farga» me entero de que la Secretaria de Telecomunicacions y Societat de la Informació va a promocionar un CD con música bajo licencia Creative Commons.
La STSI comprometió a la Generalitat en la promoción de las licencias copyleft y, concretamente, en las Creative Commons, así como en licenciar toda la documentación oficial posible en copyleft. Eso está bien y estaría mucho mejor aún en la medida en que se cumpliera, pues, aunque la Generalitat divulga gratuitamente mucha documentación propia en archivos digitales (generalmente PDF, aunque se le escapan no pocos .doc), lo cierto es que la mayor parte de esta documentación se blinda con el maldito copyright en seco, es decir, sin paliarlo con una CC. Es lo mismo que pasa con el software libre, también objeto de compromiso promocional por parte de la STSI (y promoción, en el sentido publicitario de la palabra sí que la hace) aunque sin darle trigo administrativo a la prédica.
Toda la acción descrita en el párrafo anterior, dejando aparte su grado y modo de cumplimiento, es loable, justa y necesaria, sin perjuicio de las presiones -desgraciadamente leves- que podamos hacerle a Oriol Ferran desde el activismo softwarelibrero.
Pero lo del CD es harina de otro costal.
La promoción cultural oficial, la cultura subvencionada, no es la mejor manera de promocionar las licencias copyleft ni mucho menos la música (o el arte, o la cultura) libre. Ahí Oriol y/o sus asesores han metido el remo creyendo que todo el monte es orégano. La música libre vive en el mismo planeta que el software libre, pero ambas cosas no son lo mismo. Y cuando alguien sostiene que sí son los mismo es porque cree que el software libre no debe ser promocionado desde la administración.
Como siempre, por partes. ¿Es promocionable el software libre por la administración pública? Yo creo -quizá para sorpresa de algunos- que no. La administración debe usarlo por razones de economía, de eficiencia y de seguridad, características, las tres, sobradamente demostradas; y por eso he apoyado siempre las leyes en este sentido. No es que crea, en estricta puridad, que deba ser necesaria una ley para esto, pero el talonario de Ballmer es muy largo y una simple decisión política decae con una alternativa política en otras elecciones; la modificación de una ley, en cambio, requiere un proyecto y un debate, todo ello muy público, lo que obliga al político a lo que más odia: dar la cara. Por tanto, el software libre y, sobre todo -inexcusablemente-, los formatos libres, deben ser usados por las administraciones públicas sin más. De su promoción fuera de ellas, en cambio, debemos ocuparnos otros con más credibilidad que las administraciones y porque -las cosas como son- debemos situarnos al mismo nivel que otros ciudadanos que, equivocadamente pero con todo su derecho, promueven otras modalidades. Y no porque los ciudadanos particulares actuando como tales seamos personalmente más creíbles -que también- sino porque somos argumentalmente irrebatibles, por más que Micro$oft explique fantasías al modo $GAE. Y nuestros argumentos suenan muy dulces, por ejemplo, a los empresarios, porque hablamos de pasta gansa, de ahorro de gastos con mejores medios (y sin despedir a nadie, ojo), o sea, ahorro inteligente, eficiencia empresarial de la buena. TOC genuino..
La promoción pública de la cultura libre, en cambio, es algo que, como ciudadano, debo protestar -y protesto- enérgicamente. Y quien así habla es un firme -yo diría que feroz- defensor de lo público, pero todo tiene sus límites y este es uno de ellos. Soy de los que creen que antes de llegar a esa falaz excepción cultural habría que haber pasado por muchísimas otras excepciones que, gangsterilmente, se han soslayado (en Catalunya y fuera de Catalunya: resto de España, resto de Europa...). Y aún con esas excepciones, la cultural habría que descartarla. Por varias razones.
La primera razón, es que una expresión cultural que no se sustenta en su aceptación/adopción por una parte, no diré que necesariamente mayoritaria, pero sí claramente sustancial de la ciudadanía, no merece existir. La cultura, o es popular o no es. Y que nadie acuda al lugar común de que lo popular es siempre basto y chabacano y lo culto y refinado es siempre minoritario. Es un simple problema de educación: si hay una educación de calidad (con perdón por la redundancia) al alcance del común de los ciudadanos, el común de los ciudadanos accede gustoso a las expresiones culturales y artísticas difíciles y elevadas. Lo que ocurre es que cuando la educación no es de calidad (o sea, no es, y no constituye sino un mero y repelente instrumento de inculcación de lo políticamente correcto) te venden películas de Saura y otros farsantes guerracivilistas como si fueran la hostia en Pascua y es entonces cuando la muchedumbre muge que sí, que es muy bueno el tal Saura, pero en el anonimato del no hacer, es decir, de no poner el pie en el cine, el ciudadano emite su cruel sentencia y, consecuentemente, a Saura y demás farsantes guerracivilistas o les subvencionan -excepción cultural- o se ven obligados a trabajar para vivir. Cruel destino, ese... que sufrimos prácticamente todos los ciudadanos que tomamos el transporte público a diario en vez del pelo a nuestros vecinos. A ver si alguien se cree que el numerito de los premios Goya del 2003 fue por la guerra y no porque el del bigote tenía al gremio vendecopias bajo un severo régimen restrictivo de dinero de los ciudadanos...
La segunda razón se deduce del evidente hecho de que poner bajo protección oficial las manifestaciones culturales copyleft sitúan a dichas maniestaciones culturales al mismo nivel que la venta de copias que tanto (y con tanta razón) denunciamos los activistas del copyleft. Es contradictorio y perverso. La cultura libre emergerá por propio mérito, por el inmenso valor que encierra que, ojo, no es intrínseco, es simplemente por la calidad de muchos autores que -como obvia manifestación de su inteligencia- han elegido este tipo de derechos cívicos para su obra.
Eso por no hablar de una tercera razón (que no atribuyo necesariamente a la iniciativa de la STSI): la sospecha, siempre posible y plausible, de que se promocione a unos sí y a otros no y que los que sí, resulte que naveguen -más o menos casualmente- por aguas colindantes a las del partido en el poder.
Me sabe mal hacer una crítica negativa de algo que, en sí mismo, habría de caerme instintivamente simpático, que, sin embargo, es racionalmente contraproducente. Pero me parece evidente que en la Secretaria de Oriol Ferran se ha cometido una desdichada impremeditación.
Ya se dice que hay amores que matan.
jueves, 13 de abril de 2006
La paella ya anda
De la serie: «Los jueves, paella»
No quise anticiparlo la semana pasada por si la cosa venía realmente muy difícil, pero no me apeé en ningún momento de la intención de escribir este jueves, precisamente este jueves, por más santo que sea, ya que mañana, viernes 14 de abril, se cumplirá un año de esta serie mía dedicada a todo en general y a nada en particular, como un paréntesis de mi monotemática bitácora (aunque con los «Pequeños bocaditos» también hago de más y de menos).
Sin contar la presente, han sido 48 semanas en las que creo que he tratado prácticamente de todo, pero si hubiera que resaltar dos temas o dos grupos de temas, creo que he hecho una especial y reiterada incidencia en dos: MENASA y las andanzas del alcalde probablemente más lamentable que ha tenido Barcelona desde que tengo uso de memoria, no sé si por delante o por detrás -pero, en todo caso, muy cerca- de Porcioles.
_______________________
Con MENASA (Metalúrgica del Nalón SA, en el polígono de Meriñán, Lada, Langreo, Asturias) seguro que me he puesto muy pesado y muy aburrido para muchos de mis cinco o seis lectores habituales, dado que, objetivamente hablando, se trata de un caso lamentablemente común en la geografía española: una pequeña industria que se va al garete -siendo viable- por causa de la especulación inmobiliaria en la que participan sus propietarios. Pero, sobre ocurrir en una tierra un poco mía (Langreo) y haber estado allí a poco de empezar el asunto, durante mis vacaciones del año pasado, me ha impresionado la resistencia numantina de ese medio centenar de trabajadores que se han encastillado defendiendo la viabilidad de su empresa y de su trabajo cuando muchísimos otros apenas hubieran luchado un poquito y hubieran firmado el finiquito a nada que se les hubiera mejorado un casi nada por ciento la indemnización por la patada en el culo. De hecho, los sindicatos -siempre tan pendientes de las necesidades de la clase obrera- ya estaban en ello, pero se vieron sorprendidos por la resolución de los trabajadores y, por supuesto, echaron a correr para ponerse delante (eso sí que saben hacerlo como campeones).
¿Qué podía hacer yo por la gente de MENASA? Nada. Apenas nada. Vivo a 900 kilómetros y el único instrumento útil del que dispongo, esta bitácora, es un medio muy modesto que está muy lejos, a años luz, de las grandes bitacorazas con renombre, de las influyentes (influyentes siempre que obviemos la realidad evidente de que la blogosfera española no pinta apenas nada, y menos en comparación con los monstruos norteamericanos del blog). Mi bitácora es apenas un gritito y ese gritito, cuando habla de MENASA importa aún menos a muchos de los poquitos que me enorgullecen con su atención habitual.
Pero, pese a tan patente y evidente falta de potencia, no he querido inhibirme -simple vergüenza torera- y no he querido dejar de poner mi humilde grano de arena en la cuestión, sin más información que la que ha gustado darme La Nueva España y la consulta esporádica a alguna que otra página web que ha tratado, más por encima o más en profundidad, el tema.
Ahora hace algunos jueves que no hablo de MENASA, pero solamente es porque no quiero marearme la perdiz a mí mismo. Cercanas las fiestas navideñas, el consejero de Industria del Principado anunció la solución del problema MENASA para Nochebuena. Mintió, como buen político. Estamos a mediados de abril y todavía no hay solución. Hay, sí, grandes posibilidades porque ya hay una empresa decidida a quedarse MENASA y a hacerse cargo de su plantilla sin mayor daño social que media docena de prejubilaciones. No está mal, ciertamente, pero es que ya va la segunda, porque había otra que ídem del lienzo y, en el último momento, se retiró. Negociaciones y más negociaciones, con el gobierno del Principado y los sindicatos nadando en la salsa, pero en régimen de total opacidad. El amargo escepticismo se impone, aunque no haya que abandonar la esperanza.
Aunque esté a pocos días de un final feliz, lo cierto es que hoy, Jueves Santo de 2005, mediado su mes de abril, el problema de MENASA sigue en pie como un palo.
Como un patíbulo.
_______________________
El otro tema recurrente de estas paellas ha sido el triste alcalde Clos y sus empastres, al que, salvado algún esporádico acierto en materia digital -muy probablemente debido al eficaz equipo que forma esa administrativamente nebulosa pero operativamente cierta Regidoria de la Ciutat del Coneixement- cabe atribuir el retroceso enorme que ha experimentado esta ciudad y sobre todo ¡sobre todo! el hecho de que nos haya sido arrebatada a los ciudadanos. Eso es imperdonable y eso es lo que mete a Clos directamente en el papel de Fernando VII de la historia de los alcaldes barceloneses.
Clos ha regalado esta ciudad a las beautiful burocráticas, a los especuladores inmobiliarios más salvajes (entregados libre y despiadadamente a la atrocidad antivecinal con la más absoluta complacencia del poncio), a los hoteleros de Gaspart, a los fletadores de cajones más o menos náuticos cargados de guiris a beneficio de la Autoritat Portuària y del cada día más macarrónico comercio ramblero, a feriantes y congresistas que colapsan la ciudad (y las casas de putas) en cuanto llega el buen tiempo una semana tras otra, pero que en muy contadas ocasiones tiene otra proyección internacional que la venta de la ciudad a los burócratas, a los especuladores, a los grupos financieros del negocio hotelero, a los fletadores de cajones de guiris y a más feriantes y congresistas. ¡Oh! Y a productores de cine (extranjeros, of course).
Sensu contrario, ha echado a patadas a los jóvenes; y no solamente a los jóvenes-jóvenes, sino a las parejas, a las familias recién formadas que constituían el germen del recambio generacional de nuestra ciudad. La barbarie inmobiliaria que Clos, más que tolerar, prácticamente promueve, está arrasando los barrios más tradicionales, está desahuciando a nuestros ancianos a base de agujeros de la vergüenza y está creando ghettos infectos utilizados para alojar a los inmigrantes ilegales que los amiguitos del señor alcalde se han traído para sustituir a los jóvenes locales que previamente han echado, tan enojosos ellos con sus manías de convenios, contratos laborales, normativas de seguridad (la construcción es hoy un matadero de extranjeros, pero no de los de los cruceros, no sé si me explico), cotizaciones a la Seguridad Social, jornadas y horarios y toda esa porquería de derechos sociales y sindicales que a los moritos ni se les ocurren.
Los pocos ciudadanos originarios que quedamos somos los fogoneros de la maquinaria: burócratas (de a pie), camareros de hostelería de alto standing (¡no nos va a servir el Moët & Chandon un senegalés!) y, eso que no falte, figurantes para las movidas municipales: maratones, cursas diversas (pedestres, ciclistas, en patines...), fiestas cívicas de mil pelajes y, en fin, todos los inventos cool que se les ocurre en cualquier lado de la Plaça de Sant Jaume.
Dispenso al lector de la descripción del deprimente panorama cultural sobre el que ya tiene referencias amplias y concretas en las últimas entradas de esta bitácora y en los correspondientes enlaces en ellas contenidos.
En resumen y para no extendernos: Clos ha convertido esta ciudad en un parque temático en la que los pocos ciudadanos (que podamos ser así llamados) que quedamos y que no tenemos que jugarnos las bolas subidos en los andamios que construyen su cartón piedra, nos toca ser los imbéciles que se disfrazan de Pato Donald. Con marca, con diseño y con toda la cagarela.
Resumiendo aún más: Clos y su banda, han convertido esta ciudad, elegantemente etiquetada y envuelta en papel diseñado por Mariscal, en una perfecta mierda.
_______________________
Y ahora, como para terminar, y vista la fecha -la de mañana, se entiende- yo quisiera poner aquí una banderita republicana, como hice en aquella primera entrada que he enlazado en la introducción de esta. Pero mañana no va a celebrarse un intrínseca y puramente cívico (por supuesto, nada oficial) Día de la República sino que los gilipollas de siempre van a convertirlo en una festividad paraoficial de carraca guerracivilista sacando a los muertos de siempre -bastante putrefactos, como siempre- del mismo catafalco, del mismo armario o de la misma fosa de siempre. Y ya estoy harto.
No hay banderita. Volverá a haberla el día que volvamos a celebrar el 14 de abril como una promesa, no conmemorando una república que murió penosamente ahogada en su propia mierda a manos de otros que, en materia de mierda, déjalos correr, también. Una república que la mayoría de jóvenes, en una ignorancia despectiva o con el desprecio del conocimiento, rechaza con un desdén que cada vez se molesta menos en disimular.
Volverá a haber bandera tricolor el año que viene, cuando los ciudadanos -y los jóvenes también- volvamos a ser los dueños de una celebración que no quiere conmemorar muertos sino reivindicar el fin de un anacronismo vergonzoso, pero no meramente el fin del anacronismo formal para sustituirlo por un nuevo anacronismo tetranual, sino por una nueva estructura política donde la soberanía y su ejercicio material resida en la ciudadanía. Algo con una evidente connotación revolucionaria.
Basta de robos y basta de secuestros.
_______________________
Será, pues, hasta el próximo jueves 20, pasada ya la resaca -en muchos lugares, material- de esta semana poco santa que se nos avecina pero que nos permitirá desconectar por unos pocos días. Yo me quedaré en Barcelona, aunque quizá salgamos algún día por ahí. Hasta antes de Clos, Barcelona podía disfrutarse en estas fechas. Casi hasta se podía aparcar delante de casa. Se estaba ancho en todas partes y, en general, en estas fechas, la temperatura no suele agobiar ni por exceso ni por defecto.
Pero para este año, nuestro dichoso alcalde, compinchado con el puerto y el aeropuerto, nos ha preparado un desembarco de guiris que ríete tú de Normandía, o sea que aquí no se podrá dar un paso sin verse envuelto en un amasijo de carne nórdica chamuscada.
Menos mal que si en lo político siempre nos quedará Francia, a modo de una Covadonga de urgencia, en el agobio guírico siempre tendremos como un alivio balsámico la risa de las italianas.
Pero creo que esto ya lo había dicho antes.
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ACTUALIZACIÓN 13 de abril a las 19:30
Escribí esta bitácora hace un par de días y no la he subido hasta esta mañana, pocos minutos antes de las 08:00 (las horas que constan en la entrada son siempre artificiales: 00:00 para la primera entrada del día, 00:01 para la segunda, y así sucesivamente). Tengo algún testiguillo de esta anticipación. ¿Por qué me pongo tan solemne y tan notarial? Pues porque leyendo «El Periódico» hace unos minutos, me encuentro este artículo de Pilar Rahola (usuario usuario, contraseña usuario) y juro que todas las [sorprendentes] coincidencias con la entradilla republicana de mi paella de hoy son absolutamente casuales en el espacio y tiempo. Mucho menos casual es que dos cerebros -y dos mil, y veinte mil y doscientos mil y veinte millones de ellos- independientes de cualquier partido político lleguen a conclusiones parecidas o idénticas.
No hace falta que una copie a otra para que dos personas lleguen a la conclusión de que dos más dos suman cuatro.
No quise anticiparlo la semana pasada por si la cosa venía realmente muy difícil, pero no me apeé en ningún momento de la intención de escribir este jueves, precisamente este jueves, por más santo que sea, ya que mañana, viernes 14 de abril, se cumplirá un año de esta serie mía dedicada a todo en general y a nada en particular, como un paréntesis de mi monotemática bitácora (aunque con los «Pequeños bocaditos» también hago de más y de menos).
Sin contar la presente, han sido 48 semanas en las que creo que he tratado prácticamente de todo, pero si hubiera que resaltar dos temas o dos grupos de temas, creo que he hecho una especial y reiterada incidencia en dos: MENASA y las andanzas del alcalde probablemente más lamentable que ha tenido Barcelona desde que tengo uso de memoria, no sé si por delante o por detrás -pero, en todo caso, muy cerca- de Porcioles.
Con MENASA (Metalúrgica del Nalón SA, en el polígono de Meriñán, Lada, Langreo, Asturias) seguro que me he puesto muy pesado y muy aburrido para muchos de mis cinco o seis lectores habituales, dado que, objetivamente hablando, se trata de un caso lamentablemente común en la geografía española: una pequeña industria que se va al garete -siendo viable- por causa de la especulación inmobiliaria en la que participan sus propietarios. Pero, sobre ocurrir en una tierra un poco mía (Langreo) y haber estado allí a poco de empezar el asunto, durante mis vacaciones del año pasado, me ha impresionado la resistencia numantina de ese medio centenar de trabajadores que se han encastillado defendiendo la viabilidad de su empresa y de su trabajo cuando muchísimos otros apenas hubieran luchado un poquito y hubieran firmado el finiquito a nada que se les hubiera mejorado un casi nada por ciento la indemnización por la patada en el culo. De hecho, los sindicatos -siempre tan pendientes de las necesidades de la clase obrera- ya estaban en ello, pero se vieron sorprendidos por la resolución de los trabajadores y, por supuesto, echaron a correr para ponerse delante (eso sí que saben hacerlo como campeones).
¿Qué podía hacer yo por la gente de MENASA? Nada. Apenas nada. Vivo a 900 kilómetros y el único instrumento útil del que dispongo, esta bitácora, es un medio muy modesto que está muy lejos, a años luz, de las grandes bitacorazas con renombre, de las influyentes (influyentes siempre que obviemos la realidad evidente de que la blogosfera española no pinta apenas nada, y menos en comparación con los monstruos norteamericanos del blog). Mi bitácora es apenas un gritito y ese gritito, cuando habla de MENASA importa aún menos a muchos de los poquitos que me enorgullecen con su atención habitual.
Pero, pese a tan patente y evidente falta de potencia, no he querido inhibirme -simple vergüenza torera- y no he querido dejar de poner mi humilde grano de arena en la cuestión, sin más información que la que ha gustado darme La Nueva España y la consulta esporádica a alguna que otra página web que ha tratado, más por encima o más en profundidad, el tema.
Ahora hace algunos jueves que no hablo de MENASA, pero solamente es porque no quiero marearme la perdiz a mí mismo. Cercanas las fiestas navideñas, el consejero de Industria del Principado anunció la solución del problema MENASA para Nochebuena. Mintió, como buen político. Estamos a mediados de abril y todavía no hay solución. Hay, sí, grandes posibilidades porque ya hay una empresa decidida a quedarse MENASA y a hacerse cargo de su plantilla sin mayor daño social que media docena de prejubilaciones. No está mal, ciertamente, pero es que ya va la segunda, porque había otra que ídem del lienzo y, en el último momento, se retiró. Negociaciones y más negociaciones, con el gobierno del Principado y los sindicatos nadando en la salsa, pero en régimen de total opacidad. El amargo escepticismo se impone, aunque no haya que abandonar la esperanza.
Aunque esté a pocos días de un final feliz, lo cierto es que hoy, Jueves Santo de 2005, mediado su mes de abril, el problema de MENASA sigue en pie como un palo.
Como un patíbulo.
El otro tema recurrente de estas paellas ha sido el triste alcalde Clos y sus empastres, al que, salvado algún esporádico acierto en materia digital -muy probablemente debido al eficaz equipo que forma esa administrativamente nebulosa pero operativamente cierta Regidoria de la Ciutat del Coneixement- cabe atribuir el retroceso enorme que ha experimentado esta ciudad y sobre todo ¡sobre todo! el hecho de que nos haya sido arrebatada a los ciudadanos. Eso es imperdonable y eso es lo que mete a Clos directamente en el papel de Fernando VII de la historia de los alcaldes barceloneses.
Clos ha regalado esta ciudad a las beautiful burocráticas, a los especuladores inmobiliarios más salvajes (entregados libre y despiadadamente a la atrocidad antivecinal con la más absoluta complacencia del poncio), a los hoteleros de Gaspart, a los fletadores de cajones más o menos náuticos cargados de guiris a beneficio de la Autoritat Portuària y del cada día más macarrónico comercio ramblero, a feriantes y congresistas que colapsan la ciudad (y las casas de putas) en cuanto llega el buen tiempo una semana tras otra, pero que en muy contadas ocasiones tiene otra proyección internacional que la venta de la ciudad a los burócratas, a los especuladores, a los grupos financieros del negocio hotelero, a los fletadores de cajones de guiris y a más feriantes y congresistas. ¡Oh! Y a productores de cine (extranjeros, of course).
Sensu contrario, ha echado a patadas a los jóvenes; y no solamente a los jóvenes-jóvenes, sino a las parejas, a las familias recién formadas que constituían el germen del recambio generacional de nuestra ciudad. La barbarie inmobiliaria que Clos, más que tolerar, prácticamente promueve, está arrasando los barrios más tradicionales, está desahuciando a nuestros ancianos a base de agujeros de la vergüenza y está creando ghettos infectos utilizados para alojar a los inmigrantes ilegales que los amiguitos del señor alcalde se han traído para sustituir a los jóvenes locales que previamente han echado, tan enojosos ellos con sus manías de convenios, contratos laborales, normativas de seguridad (la construcción es hoy un matadero de extranjeros, pero no de los de los cruceros, no sé si me explico), cotizaciones a la Seguridad Social, jornadas y horarios y toda esa porquería de derechos sociales y sindicales que a los moritos ni se les ocurren.
Los pocos ciudadanos originarios que quedamos somos los fogoneros de la maquinaria: burócratas (de a pie), camareros de hostelería de alto standing (¡no nos va a servir el Moët & Chandon un senegalés!) y, eso que no falte, figurantes para las movidas municipales: maratones, cursas diversas (pedestres, ciclistas, en patines...), fiestas cívicas de mil pelajes y, en fin, todos los inventos cool que se les ocurre en cualquier lado de la Plaça de Sant Jaume.
Dispenso al lector de la descripción del deprimente panorama cultural sobre el que ya tiene referencias amplias y concretas en las últimas entradas de esta bitácora y en los correspondientes enlaces en ellas contenidos.
En resumen y para no extendernos: Clos ha convertido esta ciudad en un parque temático en la que los pocos ciudadanos (que podamos ser así llamados) que quedamos y que no tenemos que jugarnos las bolas subidos en los andamios que construyen su cartón piedra, nos toca ser los imbéciles que se disfrazan de Pato Donald. Con marca, con diseño y con toda la cagarela.
Resumiendo aún más: Clos y su banda, han convertido esta ciudad, elegantemente etiquetada y envuelta en papel diseñado por Mariscal, en una perfecta mierda.
Y ahora, como para terminar, y vista la fecha -la de mañana, se entiende- yo quisiera poner aquí una banderita republicana, como hice en aquella primera entrada que he enlazado en la introducción de esta. Pero mañana no va a celebrarse un intrínseca y puramente cívico (por supuesto, nada oficial) Día de la República sino que los gilipollas de siempre van a convertirlo en una festividad paraoficial de carraca guerracivilista sacando a los muertos de siempre -bastante putrefactos, como siempre- del mismo catafalco, del mismo armario o de la misma fosa de siempre. Y ya estoy harto.
No hay banderita. Volverá a haberla el día que volvamos a celebrar el 14 de abril como una promesa, no conmemorando una república que murió penosamente ahogada en su propia mierda a manos de otros que, en materia de mierda, déjalos correr, también. Una república que la mayoría de jóvenes, en una ignorancia despectiva o con el desprecio del conocimiento, rechaza con un desdén que cada vez se molesta menos en disimular.
Volverá a haber bandera tricolor el año que viene, cuando los ciudadanos -y los jóvenes también- volvamos a ser los dueños de una celebración que no quiere conmemorar muertos sino reivindicar el fin de un anacronismo vergonzoso, pero no meramente el fin del anacronismo formal para sustituirlo por un nuevo anacronismo tetranual, sino por una nueva estructura política donde la soberanía y su ejercicio material resida en la ciudadanía. Algo con una evidente connotación revolucionaria.
Basta de robos y basta de secuestros.
Será, pues, hasta el próximo jueves 20, pasada ya la resaca -en muchos lugares, material- de esta semana poco santa que se nos avecina pero que nos permitirá desconectar por unos pocos días. Yo me quedaré en Barcelona, aunque quizá salgamos algún día por ahí. Hasta antes de Clos, Barcelona podía disfrutarse en estas fechas. Casi hasta se podía aparcar delante de casa. Se estaba ancho en todas partes y, en general, en estas fechas, la temperatura no suele agobiar ni por exceso ni por defecto.
Pero para este año, nuestro dichoso alcalde, compinchado con el puerto y el aeropuerto, nos ha preparado un desembarco de guiris que ríete tú de Normandía, o sea que aquí no se podrá dar un paso sin verse envuelto en un amasijo de carne nórdica chamuscada.
Menos mal que si en lo político siempre nos quedará Francia, a modo de una Covadonga de urgencia, en el agobio guírico siempre tendremos como un alivio balsámico la risa de las italianas.
Pero creo que esto ya lo había dicho antes.
ACTUALIZACIÓN 13 de abril a las 19:30
Escribí esta bitácora hace un par de días y no la he subido hasta esta mañana, pocos minutos antes de las 08:00 (las horas que constan en la entrada son siempre artificiales: 00:00 para la primera entrada del día, 00:01 para la segunda, y así sucesivamente). Tengo algún testiguillo de esta anticipación. ¿Por qué me pongo tan solemne y tan notarial? Pues porque leyendo «El Periódico» hace unos minutos, me encuentro este artículo de Pilar Rahola (usuario usuario, contraseña usuario) y juro que todas las [sorprendentes] coincidencias con la entradilla republicana de mi paella de hoy son absolutamente casuales en el espacio y tiempo. Mucho menos casual es que dos cerebros -y dos mil, y veinte mil y doscientos mil y veinte millones de ellos- independientes de cualquier partido político lleguen a conclusiones parecidas o idénticas.
No hace falta que una copie a otra para que dos personas lleguen a la conclusión de que dos más dos suman cuatro.
miércoles, 12 de abril de 2006
¡A ver si fue ETA..!
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Hay cosas que ya ni lo cabrean a uno en plan tórrido, simplemente lo van hirviendo poco a poco, a fuego muy lento. Como ese goteo de [yo creía que] estupideces vertido desde medios afines al PP y desde el propio PP en [yo creía que] vana justificación de la [que yo creía] trola que, con muy mal disimulado júbilo, nos endiñaron Aznar, Acebes y el resto de la banda sobre la autoría de ETA en el atentado del 11-M.
Había varios indicios para no tragarse la trola ni harto de gaseosa: el modus operandi de ETA, que no coincidía en absoluto y la profesionalidad de la policía, por poner solamente dos.
Pero resulta que uno se ha caído: la profesionalidad de la policía. Después del numerito del sábado, que ahora resulta que no fue del sábado pero que vino muy a huevo el sábado coincidiendo con otra redada que no tiene nada que ver con las descargas de archivos mediante redes P2P; que ahora resulta que los peligrosísimos piratas ni siquiera llegaron a pisar el calabozo; que, obviamente, ni siquiera se han formulado acusaciones -apenas balbuceos de viserilla medio analfabeto- y que están todos esos peligros públicos en libertad sin cargos; después de esos numeritos, digo, y del de las fuerzas armadas municipales del Ayuntamiento de Closcelona desalojando teatros en interés de ellos sabrán quién, que del ciudadano no, habrá que convenir que en cuanto viene algún determinado particular con un más que aparente mando en plaza, a los tíos de la chapa se les cae no sé si al suelo o al váter el concepto de función pública (firmaron un papelito jurando o prometiendo un par de cosas ¿recuerdan?) y se ponen firmes y en primer tiempo de saludo a la orden de la autoridad, musical, por supuesto. O sea que los chicos de la gorra de plato son, a toda evidencia, muy sensibles a las presiones. Hay que joderse con la operación sin precedentes en toda Europa.
O sea que las [que yo tomaba por] chorradas que suelta Libertad Digital un día sí y al siguiente mucho más... igual resulta que no son tales chorradas. Visto lo visto, todo cabe.
Y, después de todo... ¿quién se fía de una organización terrorista? Nada le impide cambiar de modus operandi cuando le dé la gana.
Ay.
Hay cosas que ya ni lo cabrean a uno en plan tórrido, simplemente lo van hirviendo poco a poco, a fuego muy lento. Como ese goteo de [yo creía que] estupideces vertido desde medios afines al PP y desde el propio PP en [yo creía que] vana justificación de la [que yo creía] trola que, con muy mal disimulado júbilo, nos endiñaron Aznar, Acebes y el resto de la banda sobre la autoría de ETA en el atentado del 11-M.
Había varios indicios para no tragarse la trola ni harto de gaseosa: el modus operandi de ETA, que no coincidía en absoluto y la profesionalidad de la policía, por poner solamente dos.
Pero resulta que uno se ha caído: la profesionalidad de la policía. Después del numerito del sábado, que ahora resulta que no fue del sábado pero que vino muy a huevo el sábado coincidiendo con otra redada que no tiene nada que ver con las descargas de archivos mediante redes P2P; que ahora resulta que los peligrosísimos piratas ni siquiera llegaron a pisar el calabozo; que, obviamente, ni siquiera se han formulado acusaciones -apenas balbuceos de viserilla medio analfabeto- y que están todos esos peligros públicos en libertad sin cargos; después de esos numeritos, digo, y del de las fuerzas armadas municipales del Ayuntamiento de Closcelona desalojando teatros en interés de ellos sabrán quién, que del ciudadano no, habrá que convenir que en cuanto viene algún determinado particular con un más que aparente mando en plaza, a los tíos de la chapa se les cae no sé si al suelo o al váter el concepto de función pública (firmaron un papelito jurando o prometiendo un par de cosas ¿recuerdan?) y se ponen firmes y en primer tiempo de saludo a la orden de la autoridad, musical, por supuesto. O sea que los chicos de la gorra de plato son, a toda evidencia, muy sensibles a las presiones. Hay que joderse con la operación sin precedentes en toda Europa.
O sea que las [que yo tomaba por] chorradas que suelta Libertad Digital un día sí y al siguiente mucho más... igual resulta que no son tales chorradas. Visto lo visto, todo cabe.
Y, después de todo... ¿quién se fía de una organización terrorista? Nada le impide cambiar de modus operandi cuando le dé la gana.
Ay.
Una tarde libre
De la serie: «Correo ordinario»
Me acerco a la salida del metro un poco con la mosca tras la oreja... ya se tenía que oir jarana y no se oye una mosca. ¿Habrán desconvocado? Cuando asomo la nariz a la calle me doy cuenta de que no, de que el problema es otro: han debido localizar por la zona un comando de ETA o de Al Qaeda, porque está todo lleno de hijos de Clos, con el ceñidor abarrotado de chismes y el gorro cuartelero para que la coronilla no pille una calipandria mientras no proceda ponerse el casco de cascar. Por cierto que luego dirán de los de las rastas pero entre los urbanos estos de la unidad ramba hay cada melón rapado al estilo ametrallador serbio tocado con gafas negras de chuarchenaguer en mañana que toca ejecución, que ya les vale. Debe ser la nueva estética cool del achuntament tripartítico...
En fin, que sorteada sin problemas la barrera de los violentos (tengo pinta de lo que soy, de burguesete, y no levanto sospechas) me acerco al mogollón de gente que hay delante del viejo Molino y allí explican que como el señor alcalde ha debido cagar sueltito y está de buen humor, hace uso del derecho de gracia y permite la movida, pero sin aparatos, o sea, nada de amplificadores, nada de micrófonos, nada de altavoces.
Pero... ¿para qué necesitan todo esto los terroristas? ¡Ah, coño! Es que no son terroristas, peor aún, son indeseables que intentan organizar un acto cultural sin dar a la $GAE lo que se le debe, que es prácticamente todo, y ello en protesta porque el sábado pasado, con nocturnidad, alevosía y hasta escalo, los urbanos desalojaron por la brava el provisionalmente ocupado teatro Arnau en el que durante cinco días iban a dar rienda suelta a diversas expresiones artísticas. O sea, delincuentes que pretendían negar a los artistas y creadores (ejem, a los designados por la $GAE) su retribución equitativa. Vaya peña y vaya mal ganao...
Son las cinco y media de la tarde y todavía no hay mucha gente, pero va llegando y va llegando gente muy variopinta, joven en su mayoría, pero no en su totalidad: hay abuelos con nietos, padres con hijos... Por cierto, que yo estuve pensando en llevarme a mi hija pequeña al acontecimiento, pero luego pensé en los caballeros vestidos de azul y en la amplias posibilidades de volver a casa con la niña descalabrada para que, acto seguido, 
mi correspondiente me pusiera en el rellano la maleta con los calzoncillos y los palos de golf. Quita, quita. Ya ve usted, señor alcalde, que en su Barcelona estupenbiútiful llena de fuerzas armadas municipales cabe tener miedo de asistir con niños a una manifestación cultural. Por cierto que la Rambla sigue llena de trileros pese a la -lejana- presencia de dos o tres parejas de sus muchachos que se dedican a tomar el sol; quizá fuera mejor que el Harrelson condal y sus bravos dedicaran mayor atención a este punto y dejaran en paz a los artistas aunque no coticen a la $GAE de sus amores.
Las actuaciones se van desarrollando no sin ciertas dificultades.Sin unos pocos decibelios eléctricos, el esfuerzo de los músicos queda diluido porque la concurrencia va siendo ya mucha -la placita está llena como un huevo- y en ese ambiente festivo reina de todo menos el silencio.
Echo un vistazo a ver si encuentro a alguien conocido y no; en cambio, el reconocido soy yo, por una compañera de Kernelpanic que vi por primera vez en el mercadillo de intercambio de la Plaça de la Virreina, en el último solsticio. Le hago una foto al flyer (antes se llamaba prospecto) que lleva y se me pierde de vista antes de poder darme cuenta. Afortunadamente no ocurre lo mismo con las chicas de Vedettes Army que van repartiendo programas del acontecimiento ataviadas con mucha gracia y montan, junto con más gente, un número guapísimo de meneos sincopados al ritmo de la batucada.
Mucho reportero gráfico de prensa de papel y cámaras y micrófonos de, al menos, tres cadenas de televisión. Ya veremos qué contarán luego... si cuentan algo (recuerda: aquello de lo que no se habla, no existe...).
Me llaman la atención dos números, uno de una pareja de ¿equilibristas? ¿trapecistas? ¿funambulistas? (perdonad, chicos, pero es que no domino el lenguaje de este ámbito) que colgaditos de un árbol hacen unos ejercicios realmente complicados y difíciles; otro, el de un alemán muy cachondón que también se lo hace de maravilla con los diábolos, aunque el viento le juega dos o tres faenas. Da igual. No hemos venido a ser servidos hemos venido a compartir, a compartir arte, a compartir imaginación, a compartir inquietudes y, sobre todo, a estar juntos en una misma lucha, la lucha por una cultura libre, la lucha por una verdadera igualdad de oportunidades en la expresión artística.

Y allí, bajo aquellos árboles, con un sol radiante de alegre primavera, a los pies de aquel Molino adormecido pero que se resiste a morir para siempre, todos hemos sido un mismo anhelo, todos hemos pasado una tarde verdaderamente libre.
Habrá más.
Nota: Estas fotos y unas pocas más, aquí
Me acerco a la salida del metro un poco con la mosca tras la oreja... ya se tenía que oir jarana y no se oye una mosca. ¿Habrán desconvocado? Cuando asomo la nariz a la calle me doy cuenta de que no, de que el problema es otro: han debido localizar por la zona un comando de ETA o de Al Qaeda, porque está todo lleno de hijos de Clos, con el ceñidor abarrotado de chismes y el gorro cuartelero para que la coronilla no pille una calipandria mientras no proceda ponerse el casco de cascar. Por cierto que luego dirán de los de las rastas pero entre los urbanos estos de la unidad ramba hay cada melón rapado al estilo ametrallador serbio tocado con gafas negras de chuarchenaguer en mañana que toca ejecución, que ya les vale. Debe ser la nueva estética cool del achuntament tripartítico...
En fin, que sorteada sin problemas la barrera de los violentos (tengo pinta de lo que soy, de burguesete, y no levanto sospechas) me acerco al mogollón de gente que hay delante del viejo Molino y allí explican que como el señor alcalde ha debido cagar sueltito y está de buen humor, hace uso del derecho de gracia y permite la movida, pero sin aparatos, o sea, nada de amplificadores, nada de micrófonos, nada de altavoces.Pero... ¿para qué necesitan todo esto los terroristas? ¡Ah, coño! Es que no son terroristas, peor aún, son indeseables que intentan organizar un acto cultural sin dar a la $GAE lo que se le debe, que es prácticamente todo, y ello en protesta porque el sábado pasado, con nocturnidad, alevosía y hasta escalo, los urbanos desalojaron por la brava el provisionalmente ocupado teatro Arnau en el que durante cinco días iban a dar rienda suelta a diversas expresiones artísticas. O sea, delincuentes que pretendían negar a los artistas y creadores (ejem, a los designados por la $GAE) su retribución equitativa. Vaya peña y vaya mal ganao...
Son las cinco y media de la tarde y todavía no hay mucha gente, pero va llegando y va llegando gente muy variopinta, joven en su mayoría, pero no en su totalidad: hay abuelos con nietos, padres con hijos... Por cierto, que yo estuve pensando en llevarme a mi hija pequeña al acontecimiento, pero luego pensé en los caballeros vestidos de azul y en la amplias posibilidades de volver a casa con la niña descalabrada para que, acto seguido, 
mi correspondiente me pusiera en el rellano la maleta con los calzoncillos y los palos de golf. Quita, quita. Ya ve usted, señor alcalde, que en su Barcelona estupenbiútiful llena de fuerzas armadas municipales cabe tener miedo de asistir con niños a una manifestación cultural. Por cierto que la Rambla sigue llena de trileros pese a la -lejana- presencia de dos o tres parejas de sus muchachos que se dedican a tomar el sol; quizá fuera mejor que el Harrelson condal y sus bravos dedicaran mayor atención a este punto y dejaran en paz a los artistas aunque no coticen a la $GAE de sus amores.
Las actuaciones se van desarrollando no sin ciertas dificultades.Sin unos pocos decibelios eléctricos, el esfuerzo de los músicos queda diluido porque la concurrencia va siendo ya mucha -la placita está llena como un huevo- y en ese ambiente festivo reina de todo menos el silencio.
Echo un vistazo a ver si encuentro a alguien conocido y no; en cambio, el reconocido soy yo, por una compañera de Kernelpanic que vi por primera vez en el mercadillo de intercambio de la Plaça de la Virreina, en el último solsticio. Le hago una foto al flyer (antes se llamaba prospecto) que lleva y se me pierde de vista antes de poder darme cuenta. Afortunadamente no ocurre lo mismo con las chicas de Vedettes Army que van repartiendo programas del acontecimiento ataviadas con mucha gracia y montan, junto con más gente, un número guapísimo de meneos sincopados al ritmo de la batucada.
Mucho reportero gráfico de prensa de papel y cámaras y micrófonos de, al menos, tres cadenas de televisión. Ya veremos qué contarán luego... si cuentan algo (recuerda: aquello de lo que no se habla, no existe...).Me llaman la atención dos números, uno de una pareja de ¿equilibristas? ¿trapecistas? ¿funambulistas? (perdonad, chicos, pero es que no domino el lenguaje de este ámbito) que colgaditos de un árbol hacen unos ejercicios realmente complicados y difíciles; otro, el de un alemán muy cachondón que también se lo hace de maravilla con los diábolos, aunque el viento le juega dos o tres faenas. Da igual. No hemos venido a ser servidos hemos venido a compartir, a compartir arte, a compartir imaginación, a compartir inquietudes y, sobre todo, a estar juntos en una misma lucha, la lucha por una cultura libre, la lucha por una verdadera igualdad de oportunidades en la expresión artística.

Y allí, bajo aquellos árboles, con un sol radiante de alegre primavera, a los pies de aquel Molino adormecido pero que se resiste a morir para siempre, todos hemos sido un mismo anhelo, todos hemos pasado una tarde verdaderamente libre.
Habrá más.
Nota: Estas fotos y unas pocas más, aquí
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